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Nelson Rivera

Libros: John Berger

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Los años nos arriman este privilegio: la sensación de que hay cosas que van quedando atrás. Al separarnos de ellas, descubrimos que no hemos perdido. Que algo hemos ganado: nos aproximamos a una dimensión más despojada de nosotros mismos. El paso del tiempo nos alecciona: vivir, a veces, es depurarse. Hacer liviana la mochila. Abrirse a otros modos de ver. También de comprender. Ir con los días, a tientas pero cada vez con menos prejuicios. Mejor dispuesto para acceder a la sensorialidad, a la voz, a la motivación de las cosas.

Para qué el preámbulo anterior: para decir que hay una literatura que lleva el aire de la depuración. Intento compartir esto: que ella ha sido posible porque su autor, ya ha dejado cosas atrás. En el espíritu de este Berger de Una vez en Europa (Editorial Alfaguara, España, 2015) creo haber encontrado algo distinto, por ejemplo, del increpador que escribió “Fama y soledad de Picasso”. La diferencia, me parece, radica en esto: mientras que allá se siente al agitador que airea cada línea de su texto, ansioso por lograr la firma del lector a su interpretación de Picasso (a Berger se le ha reconocido a menudo el ser un escritor de “posiciones”), aquí, en los cinco relatos que componen Una vez en Europa, el pálpito es otro: el de una mirada sosegada –el sosiego vital del despojo–, condición que ha hecho posible crear estas incomparable historias de amor entre hombres y mujeres del campo.

Esta suerte de esencialidad que estoy tratando de nombrar no canta al mundo rural, no inventa un estatuto de pureza. Por el contrario: la existencia transcurre en estas historias sobre un trasfondo de sequedad y violencia atávica. La soledad se desliza y se encarama, como si fuese invencible. Si ásperas y hostiles son las realidades materiales del campo, los encuentros y desencuentros entre las personas no lo son menos: la vida dura es una inmensa piedra de moler la voluntad que no concede tregua.

Algo duele en estos relatos. Algo entra y remueve. La maestría de Berger no se refiere a la originalidad de las historias (posiblemente escribir aquí la palabra “originalidad” sea estrictamente ridículo). Su arte consiste en el modo en que se inmiscuye y reordena nuestro ánimo. La combinatoria de sonidos y rumores, de luces y sombras, de sosegadas panorámicas y urgentes detalles, actúa de forma simétrica: irradia hacia el relato y hacia nosotros. Sobria a su modo, despojada de truculencia (porque hay una aproximación a lo humano que solo puede producirse si el autor ha logrado dejar atrás los instrumentos más cantarines de su orquesta), crea escenas donde los personajes de Berger experimentan el auge o la derrota. Gente que estremece, que sucumbe, que atisba la alegría que tienen ciertos instantes. Gente que puede resultarnos apenas comprensible, pero nunca vana, gratuita. La belleza que he sentido mientras leía Una vez en Europa es eso que se me escapa, que hubiese querido atrapar, lo que está dicho en una frase sobre la que pasé mi resaltador: “La vida suele superar a nuestro vocabulario”.