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Nelson Rivera

Libros: Jean Moréas

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Infrecuentes. En cierto modo, inesperadas apariciones: hablo de libros inusuales que tienen la propiedad de hacernos pensar en sus editores. Libros personalísimos. Hermosos por su extrema singularidad. Necesarios porque existen al borde de lo arbitrario. Y, quiere la fortuna, ocurre que, a veces, algunas de estas raras aves encuentran un editor. Alguien que se atreve. Y digo “se atreven” porque, es su carácter, son textos inclasificables como este El viaje de Grecia, que debemos a los editores de Pre-Textos (España, 2010).

Jean Moréas es el seudónimo de un escritor griego de nombre inapresable: Ioannis Papadiamantópoulos (1856-1910). Educado con celo en la devoción a la lengua francesa y la cultura de Francia, a la edad de 23 años viaja a París a estudiar Leyes. Tres años más tarde se establece allí de forma definitiva. Pronto se convierte en un habitual de la trama parisina: escribe en los diarios y actúa como promotor del simbolismo. De hecho, redacta dos manifiestos que “contribuyeron de manera notable a establecer el simbolismo como un movimiento llamado a sustituir y superar la estética decadente” (la cita pertenece a Javier Vela, traductor del libro y autor del prólogo).

En 1897, en el ambiente preliminar a la guerra greco-turca, Moréas viaja a su patria. De ese recorrido proviene El viaje de Grecia, que sería publicado en Francia, en 1902. El libro reúne una docena de piezas breves (al final, Moréas añade una sección en la que transcribe siete “leyendas populares”). Estos breves, estos “antojos” son la pura peculiaridad: incluye diálogos con un personaje de su invención (Tiberge), en los que los avatares políticos, la guerra y la conducta de las gentes del pueblo –los decires, los rumores, las vanas especulaciones sobre el futuro– se tejen al recuerdo de poemas, a la invocación de los dioses de la antigua Grecia y a sentimientos de tristeza ante las fatalidades que aquejan a la patria. Por ejemplo: uno de estos misceláneos relaciona la visión del Sena con la nostalgia de su infancia griega (“El día en que llegué a amar el Sena, comprendí por qué los dioses me habían hecho nacer en Ática”). En otro formula una oración: “Tú, viejo marinero de la costa de Faliro, consagra a tu santo patrón: un anzuelo bien curvo; largos garfios; cañas atadas una con otra; un remo, motor de la embarcación; un vasto gavilán con sus plomos; cestas bien trenzadas; un ancla; un corcho; un tridente. Conságrale todo eso y aun muchas otras cosas para que favorezca a tus hijos en su oficio, así como hizo contigo”.

Aprovecho y copio al cierre un pensamiento revelador de Moréas: “La contemplación del Sena y la lectura repetida del canto vigésimo cuarto de la Ilíada enseñan qué es lo que lo sublima: a saber, la mesura en la fuerza”.