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Nelson Rivera

Libros: Herta Müller

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Bolsas de aire insuficiente. Pequeñas y abigarradas atmósferas donde los pensamientos y los raptos de la memoria de Herta Müller (1953) pugnan por encontrar un lugar en el espacio, no sólo un lugar sino también una lengua, una sintaxis, un modo de hablar a quienes no padecieron la experiencia totalitaria de Rumania, bajo la dictadura de Nicolae Ceausescu. Si digo que son conferencias y discursos –aunque ella se haya levantado de una silla, haya parado su pequeña humanidad frente a un público quizás ansioso y haya leído unas hojas que traía apretadas en sus blanquísimas manos–, algo sería traicionado, su voz sería sancionada, travestida a la ‘normalidad’ de las conferencias y los discursos.

Porque parada en uno u otro auditorio, Herta Müller ha hablado de la vida desfigurada por el totalitarismo. De lo que ha sido agobiado. De lo que ha perdido su modo de respirar. De lo que todavía debe encontrar una lengua para expresarse, no sólo porque el debate sobre el totalitarismo no ha terminado, sino también porque su sombra y sus cómplices siguen por ahí, como siguen las víctimas en la pérdida de sus vidas robadas.

Estas atmósferas hablan de la existencia intervenida, menoscaba, sin esperanzas ante el poder que lo ocupa, lo impregna todo. En la titulada “Y aun así nuestro corazón se estremece”, Müller recuerda cómo al salir de su casa, lo conveniente era limitarse a pasar la llave apenas una vez, para que los de la Securitate no rompieran la puerta. “Porque entraban y salían cuando les venía en gana. Habrían venido aunque el suelo de la habitación hubiese tenido ojos, aunque me hubiese llevado la puerta metida en el bolso y el bolso metido debajo de la piel. Aunque yo misma hubiera sido la habitación y hubiera salido de casa, habrían venido. Y habrían encontrado cuanto querían saber a diario incluso si la casa hubiera dejado de existir”.

Detalles, partículas de la vida de todos los días: Müller (premio Nobel de Literatura de 2009) los usa porque ellos contienen la propiedad de permitirnos comparar una vida con otra. En el plano de las mínimas cosas, de la desnuda precariedad de los hechos, sobrevive algo que, al final, resulta inocultable. Si la propia lengua materna puede ser la lengua de los asesinos, si toda realidad puede ser distorsionada por el monstruo totalitario, en la casi impasible narración de la cerradura que no conviene asegurar del todo, hay una revelación que escapa para siempre de sus fauces y nos alcanza con su significación intacta. Quizás sea el relato del aplastamiento de la existencia, y no la retórica de la vida en libertad, lo que nos procure la mejor comprensión de qué ocurre con la condición humana bajo el totalitarismo (el libro se llama Hambre y seda; Ediciones Siruela; España, 2011).