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Nelson Rivera

Libros: Hans Keilson

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Ni siquiera el texto de la contraportada prepara al lector para la intensa experiencia de La muerte del adversario (editorial Minúscula, España, 2010). El desgastado recurso con que abre la novela ­un narrador que recibe un manuscrito, que a su vez lo ha recibido de otro hombre­ podría tentar al más pertinaz a dejar la empresa antes de iniciarla, pero eso sería renunciar a una obra notable.

Keilson va a esto: a desentrañar lo que un enemigo representa en la vida. Así, como la gran amistad madura en el tiempo, también la enemistad, que puede adquirir el estatuto de cansancio irremediable porque tener un enemigo exige vigilarse a sí mismo. Se lleva el enemigo adentro, hasta tal punto que un personaje dice: "Tu enemigo debe importarte más que tu amigo".

No se olvidan las humillaciones.

Por eso, los enemigos tienen la facultad de perdurar en el tiempo. Y convertido en presencia del tiempo, se torna un agente de revelaciones: "Tu enemigo será el único que te permitirá descubrir las cosas que un amigo, por lo general, no te contará jamás, lo que ni siquiera tú osas confesarte a ti mismo porque prefieres no saberlo o porque realmente no lo sabes. Es posible que tu enemigo exagere y seguro es injusto contigo, pero no olvides nunca que sus palabras contendrán siempre un fondo de verdad".

Honda paradoja: el enemigo del protagonista es un hombre carismático con poder, al que admira y odia. El odio de quien narra adquiere dimensiones más complejas porque él es un hombre estigmatizado, alguien perseguido por ser quien es. Despreciado por ser distinto. Obligado a debatir su propia legitimidad. Leamos lo que escribe el narrador sobre la voz de su enemigo: "Aquella voz me angustiaba y, al mismo tiempo, me cautivaba. De repente, tuve la sensación de que iba personalmente dirigida a mí. Una vez más, surgió la complicidad entre nosotros. Yo no sabía de qué se trataba, pero intuía que no tenía que ver con sus amigos sino tan sólo conmigo. Un hombre menudo y vulgar, poseído por algo que era más fuerte que él mismo y que hablaba como si se estuviera ahogando".

En la visión del narrador, la condición humana no está conformada para la amistad. La afinidad, la simpatía y la solidaridad no son más que uniones fundadas en lo inmediato.

Algo más: entre los enemigos se levantan obligaciones y vínculos que nadie más puede comprender. Una comunicación secreta circula entre quienes se odian.

Hay `algo’ que sólo ellos conocen. Y aunque de eso no se hable, siempre está allí, como una realidad de la que es mejor no hablar porque pesa en la lengua. Por eso, al cerrar nos percatamos que el narrador nunca nombra a su enemigo, que es suyo, pero también el enemigo de la humanidad, de todos nosotros: Adolfo Hitler.