• Caracas (Venezuela)

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Nelson Rivera

Libros: Geoff Dyer

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Harry Carney conduce y Duke Ellington va a su lado. Viajan por una larga carretera. Hablan poco. Por momentos, Duke dormita. De repente las ideas le saltan y las anota en cualquier papel. Hay que decir: convierte el mundo en música. Esta narración, dividida en ocho secciones, se lee como si fuese el tema de fondo (la vida, en el caso de algunos hombres, es la música; estrictamente la música) de las ocho narraciones que integran el libro. Estas breves estampas son el antecedente, el aliento de las ocho historias ordenadas en Pero hermoso. Un libro de jazz (Random House Mondadori, España, 2014).

Libro para melómanos: cuando usted ha pasado horas y horas escuchando a Thelonious Monk, sumido en la perplejidad, abandonado a esa música siempre en actitud de renunciar a la música, ejecutada como si todo piano fuese no más que un trasto del espíritu; cuando usted ha visto los retratos de Monk, en los que aparece con un viejo sombrero y su mirada dirigida a otra dimensión del mundo; cuando usted tiene en su memoria una relación con ese sonido único, y lee: “Monk tocaba el piano como si nunca hubiese visto ninguno. Lo tocaba desde todos los ángulos, con los codos, a hachazos, doblando las teclas como si fuesen los naipes de una baraja”, entonces usted conectará con la respiración de Dyer, con la humanidad contenida en su libro: las poéticas de algunos de los hombres irrenunciables del jazz.

Lester Young, Thelonious Monk, Bud Powell (“Las melodías brotaban y se marchitaban como las flores, sin disminuir nunca la velocidad y pasando sin esfuerzo a la balada, con las teclas buscándote, compitiendo entre ellas para que las tocases como si el piano llevara cien años esperando esta ocasión para saber qué se siente al ser un saxo o una trompeta en manos de un hombre negro), Ben Webster (“Había tenido una vida larga y necesitaba meter muchas cosas en cada nota”), Charles Mingus (“Algunos tocaban el bajo como escultores, grabando las notas en una roca inmanejable; Mingus lo tocaba como si peleara, acercándose, trabajando por dentro, agarrándolo del cuello y punteando las cuerdas como si fuesen tripas”), Chet Baker (“¿Cómo es que nunca sonríes, Chet? Supongo que he olvidado cómo se hace”) y Art Pepper. Nómina que, sin añadir nada, prenda nuestra luz amarilla: hombres de vidas duras y trágicas. Drogas y alcohol. Hospitales psiquiátricos y cárceles.

Ficciones, sin duda, pero surgidas de los hechos. Relatos que, de algún modo, intuíamos o anticipábamos. Historias en las cuales el jazz irrumpe y los hombres explotan. Donde música y psique se encuentran. Pero hermoso trae un epílogo: “Tradición, influencia e innovación”, brillante ensayo sobre la especificidad de ese arte que es el jazz, el género que consiste en someterse a prueba a sí mismo.