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Nelson Rivera

Libros: Franz Kafka (I)

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L a experiencia es esta: la de haber llegado a un lugar donde ya había estado, pero donde todo resulta nuevo, sorprendente, distinto. Como si lo escrito tuviese la propiedad de modificarse a sí mismo, de cambiar su geografía, su énfasis. Esta es la tercera vez que leo los Diarios de Kafka y mi sensación ha sido la de quien descubre una maravilla por primera vez. Pasa esto: son inaprehensibles. Mientras lees aquí, algo se escapa en la línea anterior.

Algo se escurre, se oculta en las sombras. Regresas a una entrada que crees haber leído con mesura y delectación, hace apenas unos minutos, y ella aparece con un nuevo resquicio. Como si hubiese mutado ante tus ojos. Como si un secreto suyo hubiese salido a la superficie en medio de la misma frase. Una escritura de condición inagotable. Un caudal.

Se cumplen 130 años del nacimiento de Franz Kafka (18831924), pero la efeméride carece aquí de relevancia: leer a Kafka, los Diarios de Kafka, es la apelación a su pura gratuidad. No hay finalidad en ellos (quizás no guarden ningún mensaje para nosotros, sujetos envanecidos en la práctica de sospechar de todo). No exhiben un programa.

No quieren convencer. Ni denunciar. Registran el pulso que un hombre lleva de sí mismo y de su mundo inmediato. Pero allí, en esas piezas de diversa extensión, y en ello consiste la pura gratuidad de la que hablé unas líneas atrás, es posible encontrar a menudo lugares donde la escritura se asoma a su perfección. A su pureza. A su radical despojamiento. Llegan a nosotros desprovistos de pretensión. Portadores de una esencialidad propia.

Esencialidad que azuzó a Elías Canetti a calificar los Diarios como documentos imprescindibles del siglo XX.

Escribe Kafka en diciembre de 1910 (había iniciado sus Diarios unos meses antes): "No me alcanzan las fuerzas para escribir una frase más". Lo cierto es que hasta 1923, un año antes de morir, en cuadernos y en papeles sueltos, con letra alargada y curvilínea, ese hombre que decía carecer de fuerzas para darle continuidad a su deseo, escribió sólo en los Diarios, el equivalente a más de 800 apretadas páginas polivalentes e irrepetibles, lo que en cierto modo constituye un desmentido de aquel pesimismo. Al contrario: si es posible que una escritura cierre la brecha de la representación, entonces me atreveré a decir que Kafka es sus Diarios. Más que en sus novelas y relatos, la persona Kafka parece construirse en las centenares y centenares de entradas que acumuló durante trece años de notas. El hombre en lucha consigo mismo, el sujeto que aspiró a una vida inscrita en lo literario, está en los Diarios.

De esa aspiración viene esta frase que he extraído de ellos: "Yo no soy nada más que literatura y no puedo ni quiero ser nada más que eso".