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Nelson Rivera

Libros: Franz Kafka (y III)

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Los Diarios de Kafka son lucha. No representación de su permanente conflagración con la vida, sino la conflagración misma. Como en ningún otro lugar de su existencia, la contienda tiene lugar en el papel. ¿Cómo puede sostenerse esta afirmación? Por esto: los Diarios son un mecanismo interior de resolución. Un modo de existir. Herramienta que hace posible comenzar y finalizar, o comenzar y no finalizar. Son, a un mismo tiempo, proyecto y ejecución. Prefiguran la vida de Kafka, la consumen y la trascienden.

Una larga entrada escrita en 1910, poco tiempo después de haber iniciado la práctica de escribir un diario, guarda un escandaloso descubrimiento que Kafka hace de sí mismo (porque los Diarios también funcionan como una palanca de punta filosa que le permite forzar aquellas puertas secretas del alma que, al abrirse, revelan lo que el ser se ha ocultado a sí mismo).

Kafka escribe que después de cinco meses en que no ha escrito nada que lo deje satisfecho, ha tenido la ocurrencia de hablarse a sí mismo (es decir, de escribirse-en-el-diario). A continuación verifica la eficacia de ese ejercicio de interrogarse a sí mismo (“Siempre que me he interrogado realmente a mí mismo he respondido….”). De seguidas, examina la consistencia de su ánimo y la relaciona con la lucha inherente al acto de escribir: “El estado en que me encuentro no es la desdicha, pero tampoco es la dicha, ni la indiferencia, ni la debilidad, ni el cansancio, ni ningún otro interés, ¿qué es, pues? Sin duda mi ignorancia al respecto tiene que ver con mi incapacidad de escribir. Y aunque no conozco la razón de esa incapacidad, creo comprenderla”.

Y justo a continuación (he interrumpido el fragmento con el exclusivo objetivo de advertir al lector que lea con el mayor cuidado), Kafka escribe una frase, para mí una frase excepcional, una declaración acuciante (tan acuciante como cuando Job le pregunta a Dios por la justicia en un mundo donde los justos sufren), que dice: “En efecto, ninguna de las cosas que a mí se me ocurren se me ocurre desde la raíz, sino sólo desde algún lugar situado hacia la mitad. Que alguien intente sostenerla entonces, que alguien intente sostener esa hierba y sostenerse a sí mismo en ella, en esa hierba que no empieza a crecer sino hasta la mitad del tallo (...)”.

Escritura que tiene carácter de preescritura. De vacilación. De reconocimiento en el temblor de ser en el diario. Heridas en el cuerpo de lo escrito que, sólo a veces, hablan de las heridas en el cuerpo del que escribe (como en ese impecable trazo, jubiloso de su humor casi secreto, que tiene lugar cuando Kafka escribe: “La longitud de mi cuerpo hace que todo quede muy lejos”). Porque esto son los Diarios de Kafka: titubeo y circunstancia.