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Nelson Rivera

Libros: Étienne Gilson

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Páginas que llaman a pensar en el sentido, a recobrarlo. Dos textos de vocación inseparable, reunidos en un pequeño volumen bajo el título de El amor a la sabiduría (Ediciones Rialp, Selección Doce Uvas, España, 2015). El primero, un discurso en la Universidad de Harvard, de 1927. El segundo, una conferencia dictada en la Universidad de Marquette, veinte años más tarde, en el marco de las Lecciones Aquinas (1947). La edición nos obsequia un prólogo, texto sin desperdicios, del pensador venezolano Rafael Tomás Caldera.

Étienne Gilson (1884-1978) fue un filósofo e historiador francés, celebrado como uno de los más grandes conocedores del pensamiento de Tomás de Aquino. Sus libros sobre el hombre y sobre el tomismo se tienen como referencias fundamentales. Miembro de la Academia de Francia, su huella puede seguirse no solo en sus libros sino también en su proyección como docente y conferencista en el Colegio de Francia, en la Universidad de La Sorbona, en la Universidad de Toronto y en muchas otras.

Quienes estudian, sugiere Gilson, comparten una aspiración: alcanzar lo que conocemos como erudición. Un erudito no es quien lo sabe todo, sino quien adquiere la conciencia de todo cuanto no sabe. El camino hacia ella es de paciente y lento avance, por lo tanto, no se trata de una posibilidad para unos pocos escogidos. Voluntad por reducir la propia ignorancia, respeto por la verdad, comprensión de que aprender es también producir: todos estos elementos forman parte de la experiencia del conocimiento. Gilson pone cuidado en la cuestión de la honradez intelectual, en la sumisión a lo moral: “Tomad un libro realmente honrado, una conferencia realmente honrada, una tesis realmente honrada, y notaréis que todo el despliegue de citas, referencias, datos, documentos y observaciones están allí porque es moralmente imposible omitirlos”. Así como los detalles son relevantes en lo moral, también lo son en lo intelectual.

Hay, entonces, una correspondencia entre el pensar filosófico y la vida real. En otras palabras, el camino hacia la sabiduría está en relación con el modo en que se vive. La filosofía es más la búsqueda que unos saberes que se acumulan. Filósofo no es quien repite doctrinas ya conocidas, sino quien contempla y aprende a pensar por sí mismo. La filosofía está más allá de “las introducciones a la filosofía. Lo que comienza entonces –si es que comienza alguna vez– es una experiencia realmente nueva, algo tan radicalmente diferente de lo que se hizo hasta ese momento, como la diferencia que existe entre ser un gran profesor de literatura inglesa y ser Shakespeare”.

Dejo a Gilson hasta aquí y me devuelvo por un momento al prologuista, como ya dije, el pensador venezolano Rafael Tomás Caldera. Su prólogo está escrito con admirable claridad y sentido (“Lo humano se hace en el tiempo. La verdad, intemporal, se alcanza desde una situación concreta”). Quizás sea responsabilidad nuestra, quiero decir de los medios de comunicación, o quizás sea el resultado de una vocación personal, de un modo suyo de estar en el mundo: pero lo cierto es que, en la circunstancia venezolana actual, es probable que escucharle –leerle– más a menudo nos vendría bien. Él y otros venezolanos dedicados a la reflexión podrían ayudarnos a pensar si la crisis venezolana empieza y termina en la política, o si se ha proyectado hacia las dimensiones del espíritu.