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Nelson Rivera

Libros: Ernst Jünger

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Centenario, desde su retiro en Wilfingen, mínimo poblado ubicado en la Alta Suabia, Ernst Jünger (1895-1998) responde a las preguntas formuladas por el filósofo Franco Volpi y el periodista Antonio Gnoli, en 1995. Mientras en varias ciudades de Europa se celebraban los 100 años del escritor que fue soldado en las dos guerras mundiales del siglo XX, este permanecía inaccesible a los curiosos, en el lugar al que se retiró en 1950. Desde esa distancia (distancia del ruido del mundo, distancia de las grandes urbes, distancia de la banalidad de los tiempos, distancia del que decide resistir con el espíritu), con pausada y añeja lucidez, Jünger recibió a dos conocedores de su vida y su obra.

Los titanes venideros. Ideario último (Ediciones Página Indómita, España, 2016) ofrece las tres conversaciones (entiendo que fueron las últimas), en el orden en que se produjeron (una en marzo, y las otras dos en octubre de aquel año). Jünger recapitula. Recuerda. Ajusta, sin confrontar, sueltos que se han dicho en su contra. Rebate algunas tesis, como la que sostiene que el estado de confianza en el futuro que era el signo de Occidente, se fracturó en la Primera Guerra Mundial. Jünger se inclina a pensar que fue tras la segunda conflagración. Aunque los dos tomos de la obra Spengler, La decadencia de Occidente, se terminaron de publicar en 1923, todavía faltaba la guerra iniciada por Hitler para que el “Kulturpessimismus” ocupara la atmósfera de la civilización. Allí habría comenzado a crecer el estado de nihilismo que es el signo de hoy.

Dice Jünger: He sido un lector, no un soldado. Recuerda que en las horas de descanso durante su primera guerra, leía a Ariosto. Desde su visión, literaria en su genealogía, comprendió que la tecnología podía parecer mágica, pero también que disponía de la fuerza para aplastar al ser humano (dice que la Primera Guerra Mundial fue “la guerra de los materiales”). Fue su participación en aquella guerra lo que le protegió de sus enemigos dentro del nazismo. Cuando Goebbels y Goring quisieron denunciarle como enemigo del régimen, “Hitler, que estimaba mis diarios, sentenció que debían dejarme en paz”.

Habla de conocidos y amigos (Alfred Kubin, Ernst Niekisch, Arnold Bronnen, Ernst von Salomon, Hugo Fisher, Gerhard Nehel, el judío rumano Valeriu Marcu, Armin Mohler, Alfred Toepfer, Mircea Eliade y más), figuras, salvo excepciones, un tanto olvidadas, varios de ellos lectores de Schopenhauer. Ante Volpi y Gnoli encara lo inevitable: la cuestión de sus relaciones con Carl Schmitt (su gran amigo) y con Martin Heidegger (lector de Jünger). “Sé que suele proponerse esta asociación en sentido negativo, para etiquetarnos como representantes de la intelectualidad nacionalsocialista (…) No frecuenté a Heidegger en los años del nazismo, y por tanto no sé qué importancia podía tener él para los nacionalsocialistas. En el fondo, era un profesor de filosofía en una pequeña universidad de provincias, lejos de Berlín, y para las jerarquías del partido no se trataba con certeza de un hombre importante (…) Distinto es el caso de Carl Schmitt. Por aquel entonces él era consejero de Estado, de modo que tenía un papel institucional importante”. La memoria de Jünger también vuelve a los escritores que conoció durante el tiempo que permaneció en Francia, durante la ocupación nazi: Andre Gide, Jean Cocteau, León Bloy, Julien Gracq, Jean Paulhan, Louis-Ferdinand Celine (“no me gustaba su colaboracionismo, ni su ostentoso antisemitismo”), Marguerite Yourcenar y otros.

Nunca habría sido su intención reivindicar la figura del proletario: incluso hubo quienes fueron deliberados en la tarea de tergiversarlo (Spengler, entre otros). Aclara: El trabajador es una especie de reencarnación de Prometeo, crucial en el ordenamiento material y técnico de la civilización. Es quien puede responder al desafío de la técnica. De forma simultánea, está el Anarca, que no se deja implicar: vive en su mundo interior, de lecturas, aunque hace uso de la técnica en aquello que le resulta útil.  En este último subyace el impulso de lo anárquico, que puede irrumpir en cualquier momento, para liberar o destruir.

En el testamento de Jünger –así puede leerse este libro– su presunción del individuo opone a Ortega y Gasset. Ante las tesis contenidas en La rebelión de las masas, el individuo es neurálgico. Si la masa es amorfa, el individuo concentra la energía y la fuerza. Ese individuo, creo que es posible afirmarlo, es Jünger proyectado hacia su versión del hombre: el hombre que fue testigo de los abismos, portador de una vitalidad capaz de todas las pruebas, que no temió asumir las responsabilidades de sus decisiones, y que, como escribió Hannah Arendt, se plantó en el cultivo de una peculiar forma de honor, de resistencia individual.

Este hombre Jünger, el año que cumplió cien años, dejó encendida esta luz roja e intermitente: “Nos estamos acercando al caos y, junto con este, a dimensiones cósmicas en las que no hay Clausewitz alguno que haya pensado”.