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Nelson Rivera

Libros: Ernest Hemingway

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Lo que bien sabemos: fue una de esas personas que se realizaba al aire libre. Podía internarse en zonas boscosas y caminar por horas. Cazaba. Pescaba. Descubría datos de presencias antiguas o primitivas allí donde otros no veríamos nada. En su obra hay siempre árboles mecidos por el viento, aguas que se mueven y emiten sonidos. No es parte de la mitificación que le ha rodeado: vivió atrapado por una curiosidad innata por “lo exterior”. Pero no un exterior de fachada, sino uno de condición metafísica (como esa presencia viva y casi humana que tiene el paisaje en ese exquisito relato que es “Las nieves del Kilimanjaro”). Es posible que tuviese un montaraz imaginario de sí mismo: alguien capaz de aventurarse en los secretos de la naturaleza.

Y fue ese sujeto con vocación de riesgo el que, después de haber incursionado en el periodismo, se enroló en 1918, al inicio de la Primera Guerra Mundial, como conductor voluntario de ambulancias al servicio de la Cruz Roja (Estados Unidos, su país, todavía no había entrado en la guerra). Fue herido gravemente durante un bombardeo. Con las piernas ametralladas, Hemingway, que entonces tenía apenas 18 años, logró salvar la vida de un soldado, lo que le valió una medalla militar. Una década después escribió Adiós a las armas, novela una vez más traducida y una vez más publicada en nuestra lengua (Editorial Lumen, España, 2013).

Prima, con su maestría habitual, lo lacónico: a las frases cortas le siguen otras frases cortas. En los primeros capítulos uno tiene la sensación de estar ante la presencia de un ambiente casi irreal, hecho de supuestos e incertidumbres. Luego, la guerra impone su brutalidad y los intercambios adquieren contrastes más definidos. En medio de ese otro mundo de muertos y heridos, Frederic Henry se enamora de una enfermera de la Cruz Roja (esto también le ocurrió a Hemingway mientras estuvo hospitalizado). Adiós a las armas es una masculina historia de amor asediada por la confrontación y sus secuelas.

Un aire de melancolía sobrevuela la narración. En la cruda visión del narrador, algo de la humanidad se salva del cansancio inenarrable, del abismo al que se reducen las perspectivas, de las atrocidades de la muerte. En Hemingway, tarde o temprano hay una distancia que queda reivindicada (“Es una de esas cosas que se dicen en las guerras. Una de esas cosas que el enemigo siempre hace”). Entre algunas de las frases que los personajes cruzan unos con otros, hay atisbos de sentimentalidad que brillan con esplendor único. Las tres o cuatro páginas que Hemingway emplea en narrar la retirada de las fuerzas aliadas de Caporetto son comparables a las mejores páginas de Guerra y paz (Tolstoi), solo que aquí se han construido con lo mínimo necesario.