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Nelson Rivera

Libros: Elías Canetti (y III)

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También aquí late el reactivo latente o manifiesto en la obra de Canetti, según el cual no cabe ni escribir ni leer para que las cosas permanezcan imperturbables: el hombre que lee las memorias de Albert Speer (el “arquitecto de Hitler”) las afronta, las desentraña, las recusa. No permite que detrás de lo anecdótico se escurra lo que podría resultar revelador, como, por ejemplo, la condición inseparable que construir y destruir tenían en Hitler. Y nadie mejor que el autor de Masa y poder (1960) para reflexionar en 1971 sobre las imbricaciones entre arquitectura y masa: el ensayo se titula “Hitler según Speer” y está en el volumen 9 de las obras completas de Canetti, Editorial Debolsillo, Random House Mondadori, España, 2013.

Hitler, sostiene Canetti, quería una arquitectura que atrajera al mayor número de espectadores. En edificios enormes la masa encontraría un espacio para reunirse con regularidad, es decir, para repetirse. Quería lo monumental. Por ejemplo, un paseo que abrumara a los Campos Elíseos: 120 metros de ancho por 5 kilómetros de largo. Pensaba en las pirámides cuando le dijo a la esposa de Speer: “Su esposo construirá para mí edificios como no se han vuelto a levantar desde hace 4 milenios”. A diferencia de ellas, sus edificios debían llenarse de seguidores. Lugares para excitar a su masa.

Pero esos edificios también debían perpetuarlo. Representar en piedra su grandiosidad. Mostrarlo como una figura suprema, destinada a superar a toda la humanidad: “Cada una de sus empresas, pero también sus deseos más hondos, le son dictados por un imperativo de superación (…) Es lícito suponer que este imperativo debe arrojar alguna luz sobre su vacío interior, respecto al cual Speer escribe unas cuantas palabras notables al final de su libro”.

Esa visión de que en todo los terrenos debía vencer (también Hitler fue llamado “el invicto” hasta el derrumbe militar de 1943), explica su desprecio por el diálogo y los acuerdos. Las victorias que no se obtenían con sangre no tenían verdadero valor. Las derrotas recibidas tuvieron una consecuencia: sacó a la superficie su desdén por el pueblo alemán y por el ejército del que era el general en jefe. Mientras en el mundo entero se reproducían las fotos de Churchill de visita a las víctimas de la guerra, el maestro de la acusación permanecía imperturbable en sus delirios, indiferente a los sufrimientos de su pueblo, ajeno a toda compasión: soñaba con banderas gigantescas, con proyectos de tamaños, cifras y dimensiones que superaban todo lo conocido hasta entonces. Entonces, cuando un atentado estuvo a punto de matarle en julio de 1944, la propaganda llegó al extremo de sugerir que lo ocurrido era un milagro, porque el Supremo no solo era invicto sino milagroso.