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Nelson Rivera

Libros: Edgar Morin (4/4)

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La sección se titula “Por una política de las comunicaciones” y arranca así: “Dos hombres que se encuentran son como dos insectos torpes que se topan con las antenas”. Añade Morin: son también como dos actores que interpretan mal el papel que se les ha asignado. Entre las personas se interpone siempre un foso de incomodidad. Lugares comunes, bromas, cruce de banalidades, procuran salvar la incertidumbre que turba todo encuentro. La molestia que sentimos por nuestro prójimo debe ser equivalente, a la que ese prójimo siente hacia cada uno de nosotros (cierro con estas notas la seguidilla de cuatro entregas que he dedicado a En carne viva. Meditación, libro de notas que Edgar Morin escribió a partir de 1962, luego de pasar un tiempo hospitalizado; RBA Libros, España. 2013).

La etiqueta y la retórica protegían al hombre tradicional de la incomodidad de encontrarse con otro. El hombre moderno debe afrontar al otro sin esas formas de protección. Se trata de una incertidumbre ontológica, en absoluto superficial, anudada en profundos factores de incomprensión: el “egoetnosociocentrismo”, las fijaciones y tabúes, los prejuicios y pequeños demonios que habitan en nosotros, la dificultad de convertir al plano de lo real, el imaginario que construimos de nuestra relación con el otro (Morin sostiene que ponerse en el lugar del otro es expresión de egocentrismo).

Una política de la comunicación debería responder a este obstáculo primigenio, aun cuando se acepte que la solución verdadera está en la amistad. Y esa política, sugiere Morin, debería articularse alrededor de tres ejes: la comunicación de corto alcance, entre las personas; la comunicación de medio alcance, que compete a las sociedades; la comunicación planetaria, referida a la intracomunicación de la especie humana: “Una política de las comunicaciones debe intentar que se vean y escuchen los rostros y las voces, más allá de la información sobre el acontecimiento. Se abre, entonces, una búsqueda de la palabra (individual y social), de un cara a cara con el alter ego innombrable”.

Dejar hablar, dialogar, preguntar. La entrevista, la conversación contienen esta paradoja: luego de franqueadas las primeras barreras se produce un impulso hacia la expresión, la exteriorización, la confesión. “La confesión es una pasarela frágil y vacilante que, al final, llega a la confesión”. Pero también lo contrario: la confesión puede ser causa de nueva incomodidad. El miedo al aburrimiento, el ahogo o cansancio que producen las pequeñas máscaras que demanda la vida cotidiana, la necesidad inagotable que subyace en el hombre de comunicarse (es decir, de vencer la incomodidad ontológica), se suman a la complejidadque significa comunicarse.