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Nelson Rivera

Libros: Edgar Morin (III)

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Una de las secciones se llama “Los demonios (Elohim)”: Morin habla de los demonios que nos habitan y nos poseen. Dotados de una peculiar potencia estructuran nuestra personalidad, pero pueden perturbar lo estructurado. A un mismo tiempo, nos poseen y les dominamos. El yo puede experimentar la impotencia o el poderío. Eros, Tánatos, Empatía y Agresividad concurren.

Morin ensaya una posible caracterología: los demonios contienen una energía inagotable. Tienen una ilimitada capacidad de metamorfosis, capaz de adquirir cualquier forma “inanimada o animada, animal o humana”. A esa disposición a lo polimórfico se relaciona esto: una inestabilidad de base. Intermitencias, ambivalencias, auge y declive de las pasiones, vaivén entre Eros y Tánatos. Esa inestabilidad vive en tensión con las estructuras fijadoras: la familia, el clan, la nación, las obsesiones, los fetichismos. Es a través de estos demonios que nos conectamos con el principio de reciprocidad (el ojo por ojo) o con la arcaica dimensión del sacrificio, que va del autosacrificio al chivo expiatorio. Así se ingresa al territorio de la culpabilidad.

Un episodio: Morin cuenta que hace poco (se trata de una entrada escrita a comienzos de los años sesenta), los araucanos (en realidad una comunidad mapuche), sacrificaron a un niño después del terremoto de 1960. Dice: de forma semejante, cada vez que la humanidad debe afrontar las consecuencias de una gran dificultad o de una catástrofe, se desata una sed de inmolación, una necesidad de chivo expiatorio. Se sacrifica a un ser inocente o puro, o a un traidor. “El sacrificio nos devuelve a la histeria fundamental” (en Internet está disponible un sosegado artículo de Sonia Montecino, “Mito, sacrificio y políticas de la diferencia: El terremoto del 60 en el Lago Budi”, que avanza en la comprensión del sacrificio del niño mapuche Luis Paneicur, de 5 años de edad).

El culpable cumple muchas funciones: nos permite localizar el mal, generar la sensación de que lo controlamos, nos autoriza a explicarnos. En el caso de las religiones más ortodoxas, el culpable adquiere la categoría de hereje, de encarnación del demonio.

“El estalinismo tenía una necesidad imperiosa de traidores, espías, es decir, culpables integrales, no solo para ‘embaucar’ a las masas, según la ingenua explicación de opositores y enemigos, sino por una necesidad psicoafectiva interna que transforma toda resistencia de lo real en complot diabólico. En los comportamientos cotidianos, cada uno fabrica sus culpables a escala elemental; el ‘no quiere comprender’ dirigido a alguien a quien no le bastan nuestras explicaciones introduce la mala voluntad, es decir, un comienzo de culpabilidad en la incomprensión del prójimo”.