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Nelson Rivera

Libros: Daria Galateria

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La más de las veces parece una vida inventada por un mistificador: luego de una infancia y una juventud azarosa, Bohumil Hrabal, que había nacido en 1914 (justo el año que comenzó la Primera Guerra Mundial), en 1939 comenzó a trabajar como recadero y asistente de un montón de tareas, en una fábrica de cervezas. Más adelante trabaja como almacenista en una cooperativa de ferrocarriles. Al tiempo deja ese empleo, pasa por una depresión durante la que intentó suicidarse, hasta que ingresa en otra ferrocarrilera, pero esta vez como encargado del sistema de traviesas en la estación de Nymburk-Poricani, la misma que aparece en su novela Trenes rigurosamente vigilados.

Pero el capítulo de las peripecias de la vida de Hrabal todavía no ha concluido. Luego de tomar un curso para convertirse en conductor de trenes, se convierte en doctor en Derecho. En 1946 deja las traviesas y se convierte en un agente de seguros. Más adelante va de comercio en comercio vendiendo juguetes y artículos para la mercería. Simultáneamente, recorre Bohemia como vendedor al mayor de bengalas y fuegos artificiales. La cosa sigue. Más adelante es obrero en una acería, lo que le impone vivir en una barraca que él mismo comparó con un campo de concentración. De allí saltó a la actividad de maquinista en una operación de embalaje de papel para reciclar. Después trabaja en un teatro como maquinista de un escenario.

Leyendo Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores (editorial Impedimenta, España, 2011), me he enterado de que otro de mis entrañables, el escritor francés George Perec (1936-1982) pasaba los cinco días laborables de la semana metido en una biblioteca de un centro de investigaciones en el área de neurofisiología.

Son veinticinco los perfiles que Daria Galateria reúne en una preciosa edición de Impedimenta. Están los casos de siempre (Franz Kafka, el agente de seguros; Charles Bukowsi, repartidor de cartas a domicilio; Máximo Gorki, que en su infancia fue estibador, fogonero, pescador y panadero, entre otros oficios; o William Faulkner, que también tuvo que ejercer variados oficios para sobrevivir, incluso los de encargado de un guardarropa, cartero como Bukowski, alimentador de la caldera de una universidad en las noches), y los de algunos otros escritores.

El conjunto tiene un tono ligero, no más que un sonriente anecdotario, que se puede leer en horas de extremo cansancio. No todas las historias se acomodan a la categoría de “trabajo indeseado por exigencias económicas”. No faltan los que adoptaron ciertos oficios para aproximarse al sentir del pueblo (George Orwell), para proteger el patrimonio familiar (Italo Svevo) o como concesión a las presiones familiares y sociales (Arthur Schnitzler).