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Nelson Rivera

Libros: Christopher Hitchens

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El anuncio de la enfermedad terminal arrasa. Su rayo atraviesa lo visible y también lo recóndito. Nada permanece ajeno a su dictamen. Nadie puede sustraerse de lo que ella implica. Hay espíritus que a lo largo de la vida se preparan para morir. Pero eso es distinto, radicalmente distinto, de lo que remueve la noticia del cáncer. Dos cosas dice Christopher Hitchens (1949-2011), en las primeras páginas de Mortalidad (Random House Mondadori, Colombia, 2012), que tienen quizás un carácter universal: que nada lo había preparado para encajar golpe semejante, y que el cáncer porta una especie de destierro: “Desde el país de los sanos a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad”.

Mortalidad es el breve testimonio que Hitchens escribió durante los diecinueve meses que duró la enfermedad, hasta su muerte en Houston, el 15 de diciembre de 2011. Es un libro tres veces perturbador: una de sus corrientes toma distancia de las reacciones comunes de las personas ante el hecho de que alguien conocido y querido aparezca como paciente de un cáncer (“Desgraciadamente, también entraña afrontar uno de los clichés más atractivos de nuestro idioma. Lo has oído. La gente no tiene cáncer: se informa de que luchan contra el cáncer. Ninguna persona que te comunique sus buenos deseos omite la imagen combativa: puedes vencerlo. Está incluso en las necrologías de quienes pierden contra el cáncer, como si se pudiera decir razonablemente que murieron tras una lucha larga y valiente contra la mortalidad”). Hitchens reacciona en contra de las expresiones comunes de la compasión.

En los tres primeros capítulos del libro (es un libro depurado y brevísimo, que además quedó inconcluso), el Hitchens de Dios no es bueno. Alegato en contra de la religión y de Dios no existe. Lecturas esenciales para el no creyente insiste en polemizar, en dejar testimonio de su rechazo a cualquier forma de consuelo proveniente del hecho de creer en un Dios. Esta posición, tiene en el contexto de la experiencia de la enfermedad terminal, y de un libro que sintetiza los padecimientos del paciente Hitchens, algo de panfletario. En la contraportada del libro los editores sugieren la idea de gallardía. Esa es una opción. Pero no es la única interpretación: también es posible pensar que en todo ello hay algo de revulsión infantil, de exceso al revés: convertir el ateísmo en una especie de fe obcecada e intransigente.

Hitchens habla de esta etapa como la de “vivir muriéndose”. Su oficio de hombre lúcido alienta la lectura de este opúsculo, cuyo asunto secreto es la vida truncada justo en el momento de su apogeo. Como escribe Carol Blue, su esposa, en el epílogo de la edición: Su conversación ingeniosa no cesó nunca.