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Nelson Rivera

Libros: Byug-Chul Han

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Radicalmente distinta de la masa clásica (quiero decir, de la masa de la modernidad explicada por Gustave Le Bon), el enjambre digital es la sumatoria de individuos aislados. No congrega. No unifica: el enjambre digital carece de un espíritu que cohesione. Por eso en la red no hay un ‘nosotros’. Los habitantes de la red son “la multitud sin interioridad”. Se disuelven tan rápido como se cruzan. La volatilidad es su marca. A diferencia de la masa, no tiene capacidad política. “Lo que caracteriza la actual constitución social no es la multitud, sino más bien la soledad” (comento En el enjambre, Editorial Herder, España, 2014).

Decadencia de lo común, deterioro de lo comunitario: la solidaridad se fractura, también el respeto. Junto con el declive del respeto, lo público hace aguas. Lo que se impone es la mirada sin distancias, propia del espectáculo. Es la mirada sin distancia la que mezcla lo privado y lo público. La “medialidad” digital no solo supera las distancias físicas, sino también las mentales. La esfera privada es cada vez menos posible. El medio digital separa el mensaje del mensajero. Anonimato y respeto se contraponen. La inmediatez de lo digital impide la mirada distante, el-mirar-atrás que es constitutivo del respeto. La comunicación anónima desconoce, vulnera, irrespeta, socava. Se despoja de responsabilidad. La máquina de producir basura (shitstorm en inglés) se activa para destruir la distancia que reclama la vida pública.

Cada quien, convertido en emisor y receptor, en productor y consumidor, perjudica al poder, que se proyecta a partir de condiciones de unilateralidad y verticalidad. Mientras los llamados medios de comunicación de masas actúan en consecuencia de su estructura “anfiteatral”, el medio digital es un medio de “presencia”. Han sostiene que la desmediatización de lo digital, además de dar inicio al declive de los sacerdotes de la opinión, pone fin a la época de la representación tal como lo conocemos. “La representación cede el paso a presencia, o a la copresentación”.

Lo digital supone el desplazamiento de la acción al teclado. La atrofia de las manos. Libres de las grandes máquinas de la era industrial, los nuevos aparatos crean una nueva esclavitud: todo lugar se transforma en un puesto de trabajo. La separación entre lugar de trabajo y lugar de descanso, desaparece.  Comunicarse se transforma en coacción: se establece una especie de obligación que consiste en estar siempre disponible. La comunicación deja de ser narrativa para convertirse en aditiva: número de tweets, número de seguidores, número de “me gusta”. Todo debe traducirse a los valores del rendimiento y la eficiencia. Y, en consecuencia, todo aquello que no puede medirse en número se hace cada vez más irrelevante.