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Nelson Rivera

Libros: Arthur Schnitzler

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Este 2012 se han celebrado 150 años de su nacimiento: la efeméride, al menos en nuestra lengua, no ha sido vana: muchos lectores han tenido la ocasión de acomodarse con gusto en los relatos y las novelas de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931). En la brevedad de El teniente Gustl, escrito en 1900, se encuentra el que se tiene como el primer monólogo interior de la literatura moderna. En El regreso de Casanova, Apuesta al amanecer, Relato soñado o El destino del barón Von Leisenbohg, hay el descubrimiento de la psique. No lo olvidemos: Schnitzler, además de un perceptivo vienés del cambio de siglo, era amigo de Freud.

He leído Juventud en Viena (Editorial El Acantilado, España, 2004) bajo el influjo del pensador alemán Andreas Huyssen: en su ensayo “Perturbaciones de la visión en la modernidad vienesa” (está en Modernismo después de la posmodernidad, Editorial Gedisa) indaga sobre la cuestión de la mirada en una de las novelas de Schnitzler más celebradas: La señorita Else. Unas pocas páginas de Juventud en Viena me sugieren esto: el de ser testigo de un teatro de miradas. De asistir a una extensa función narrativa en la que se representan representaciones (“lo realmente magnífico y fascinante eran esos minutos en los que todo el expectante movimiento había de cobrar sentido, en los que el paisaje, cual si hubiese sido colocado allí con fines artísticos, parecía convertirse en el escenario de una maravillosa obra de teatro donde uno mismo era un actor más y seguía la carrera con sus prismáticos y el corazón palpitante, y de entre todos los caballos a galope, la vista estaba siempre puesta en aquel por el cual uno se había jugado, a veces su última moneda”).

Recorren estas memorias el período que va de mayo de 1862 a junio de 1889. Schnitzler no es un hombre que pueda despacharse con un par de etiquetas. La banda de sus intereses es ancha y habitada. Lector apasionado, sigue la ópera, el teatro y los conciertos. Magnético protagonista de los más famosos cafés de Viena. Disfruta de hacer largos paseos campestres y entregarse a los devaneos de prolongadas conversaciones. Seductor infatigable, Juventud en Viena no ahorra ninguna de sus historias de amoríos fugaces o duraderos. La paradoja es que este cosmopolita, miembro de una familia rica, culta y judía, además de insuperable retratista del mundo que le rodeaba, observaba desde un lugar crítico. Vivía en el corazón de la cultura vienesa, casi podría decirse que disfrutaba de sus interioridades, pero tomaba distancia, sin formular denuncias explícitas: le bastaba con narrar lo que veía, y con eso adquirió la categoría que hoy tiene para nosotros: la de autor de una obra clave para la comprensión (la observación) de la modernidad.