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Nelson Rivera

Libros: Antoine Compagnon

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Cuarenta bocados. Y aunque se enlazan en una secuencia, muchos podrían degustarse de forma autónoma: piezas que se leen, cada una, en tres o cuatro minutos. Cuarenta perfectas píldoras que Antoine Compagnon (Bélgica, 1950) escribió para la emisora France Inter, sobre los Ensayos de Michael de Montaigne (se cumplen 420 años desde que Marie de Gournay le Jars, la hijastra de Montaigne, publicara en 1595 la edición que muchos especialistas, incluyendo al mismo Compagnon, tienen como la mejor referencia).

Incitación, breve regocijo: como cuando uno disfruta a un contertulio que desgrana libérrimo un tema que conoce en demasía y, como si esto no fuese ya un sonoro regalo, la prosa de Compagnon desprende una sosegada alegría, el aire relajado que es el signo de la buena conversación: se va de un tema a otro, del hombre Montaigne a sus ideas, Compagnon lo cita, recuerda cómo se originaron los Ensayos, retoma algún cabo que antes había dejado sin anudar (leo Un verano con Montaigne, Editorial Paidós, España, 2014).

La mentalidad franca y abierta, el buen acomodo en el diálogo y debate de las ideas, la personalidad inclinada a pensar en el arte de vivir: Montaigne no temía ser corregido. Nunca hizo de la seguridad en sí mismo una profesión de fe. De hecho, se contradecía. Avanzaba y retrocedía. Sin ser un moderno entendía la idea de lo móvil, de la inestabilidad de las cosas (“Todo se mueve sin descanso –la Tierra, las peñas del Cáucaso, las pirámides de Egipto– por el movimiento general y por el propio. La constancia no es otra cosa que un movimiento más lánguido”). Su punto de vista cambiaba, aunque su fondo de razonado pesimismo se mantuviera. Quizás la devoción que algunas almas sentimos por Montaigne se deba a que jamás se deja tentar por alguna forma de superioridad moral. Al leerle, uno siente a la persona de buena fe. Al sujeto que toma una frase del Eclesiastés, “Todo es vanidad”, y la coloca en una viga de su biblioteca.

Montaigne vivió en tiempos de guerra. Sabía que no controlaba su destino ni su bienestar. Se preguntó por el amor y por la amistad (después de la muerte de su gran amigo, Etienne de La Boétie, escribió: “Si me instan a decir por qué le quería, siento que no puede expresarse más que respondiendo: porque era él, porque era yo”). Compagnon habla de los Ensayos como de “juego de espejos”: al reconocerse a sí mismo en los libros y en su propia escritura, reconoce a los demás. Su idea de la convivencia se fundaba en el elemental precepto del cumplimiento del deber. No amó el conocimiento, sino la sabiduría. Eso explica su precaución hacia los artificios. Y también el que alguna vez escribiera esta frase que no deberíamos olvidar: “La mayoría de nuestras ocupaciones son teatrales”.