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Nelson Rivera

Libros: Andrzej Stasiuk

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Los primeros párrafos parecen asomarnos a un mundo ajeno en el tiempo, en el espacio y en su dimensión física. Como quien ingresa a una habitación sin luz y cierra la puerta tras de sí: la súbita oscuridad nos produce un sobresalto, pero ella no resulta duradera. Poco a poco las cosas adquieren un perfil y un lugar. Un mundo surge de la aparente oscuridad. Aquí ocurre lo mismo: de forma paulatina el lector entiende, intuye cómo moverse dentro de las escenas creadas por Andrzej Stasiuk (Polonia, 1960).

No son relatos, sino “cuadros” que, a medida que se avanza por cada uno (suman 15 al cerrar el libro), tejen lazos entre ellos y construyen una posibilidad: la de un pueblo en la región de Galitzia, ese espacio del mundo ubicado ahora entre Ucrania, Polonia, Eslovaquia y Rumania, uno de los puntos de la Europa Central arrasados una y otra vez por los totalitarismos del siglo XX.

Cuentos de Galitzia (Editorial El Acantilado, España, 2010) es la región literaria de una memoria. Un campo de la imaginación. Recorrido animado por la nostalgia de un mundo en camino de su desaparición. Cuadros que hablan de unos pocos hombres y unos pocos hechos que han logrado materializarse en el empaque de los recuerdos. Que sobreviven como materia narrable. Una auténtica Galitzia de ficción.

Estos hombres y mujeres, Jósek, Wladek, Janek, Lewandowski, Maryska, el sargento pelirrojo y otros, son más que simples referencias que ayudan a darle forma a unas historias. Encarnaciones. Figuras de una época. Personajes que Stasiuk crea para darle forma al imaginario de Galitzia. Para poner en juego el deterioro y la corrosión, la pobreza y la miseria, la trayectoria circular de lo viejo y lo todavía más viejo.

“La corriente del tiempo se colaba entre las casas, bajaba por la plaza mayor, esquivaba los dos bancos mal contados, bañaba las ruinas del ayuntamiento que, a lo largo de doscientos años, había logrado derrubiar, infectar de podredumbre, despojar de enlucidos, y que seguramente acabaría por llevarse del mismo modo que una inundación arrastra las cosas ligeras, prescindibles y olvidadas. El tiempo manaba también del cielo, se derramaba como una miel perezosa, salpicaba el caparazón metálico del pavimento, sin que su corriente ni ninguna de sus gotas fueran capaces de traer consigo ningún acontecimiento de entidad”.

Esto me gusta de Stasiuk: que su sentimentalidad no es pastosa. Su talante nostálgico es poroso: permite que el brillo de su prosa multiplique las dimensiones de cada episodio. No es ajeno que la Galitzia sobre la que escribe es finalmente inasible, un puño de arena en las manos. Un lugar que solo puede reinventarse a través de la escritura. Una batalla secreta entre la imaginación de un escritor y un mundo arrasado por la historia.