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Nelson Rivera

Libros: Andreas Huyssen

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Las diez páginas de la introducción de Modernismo después de la Posmodernidad (Editorial Gedisa, España, 2011) tienen por sí mismas variaciones suficientes para echar las bases del que podría ser un efusivo debate: La afirmación de que el pasado “se ha convertido en parte del presente”, lo que bien cabe pensar como el posible debilitamiento (Huyssen utiliza la palabra difuminación) de las fronteras temporales de nuestro presente.

Andrea Huyssen (1942), pensador alemán que ejerce con regusto la crítica literaria y de las artes visuales, sigue las pistas a algunas de las consecuencias del discurso posmoderno: su apertura a las modernidades alternativas, a las otras modernidades que se han producido fuera de las fronteras de Europa y Norteamérica, pero también se interesa por esta suerte de “retorno” de los estudios sobre el modernismo, del fenómeno de las vanguardias en las míticas capitales europeas como Barcelona, Londres, Praga y otras, y, como es obvio, vuelve una y otra vez a la cuestión de la memoria. En un texto que anuda muchas de las preocupaciones ventiladas en otros ensayos, “Usos y abusos del olvido”, se introduce en la cuestión de la multiplicidad de formas que tiene el olvido, para aplicar a las realidades políticas algunos de los postulados de Paul Ricoeur.

La hipertrofia no sería ya de la historia, sino de la memoria. El mercadeo de la memoria ha creado su propia fatiga: su saturación ha creado el riesgo de perder las revulsiones que el discurso de la memoria ha generado. Si desde el Romanticismo la memoria se vinculó a la pérdida (olvido, ausencia, traición), su exceso puede volvernos impotentes para imaginar el futuro.

Opino que Modernismo después de la posmodernidad tiene con qué aspirar a lectores distintos: a los interesados en las artes visuales ofrece indagaciones sobre Guillermo Kuitca, sobre la escultora colombiana Doris Salcedo o sobre el fotógrafo vietnamita Pipo Nguyen-duy. En un magnífico ensayo que se titula “Perturbaciones de la visión en la modernidad vienesa”, Huyssen afila su buril para deslindar y trazar los perfiles sobre el modo en que el hecho de ver se plasmó en las obras de Hofmannsthal, Schnitzler y Musil (al leer este ensayo fue inevitable recordar el muy documentado texto que Juan Villoro dedicó a Schnitzler, en Efectos personales).

Dos ensayos nos devuelven al peculiar heroísmo de W. G. Sebald: “El logro de reintroducir la memoria de la guerra en la conciencia pública sin reivindicar el estatuto de las víctimas para los alemanes ni contraponer el recuerdo de la guerra aérea a la conmemoración del Holocausto. Y logró inscribiéndose e inscribiendo su obra en la tradición literaria de la posguerra, sin que eso significara, una vez más, un nuevo comienzo”.