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Nelson Rivera

Libros: Alain

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Visita a un maestro. A un gran maestro: de ello han dado cuenta en sus textos, pensadores tan notables y disímiles como Raymond Aron, Simone Weil y Georges Canguilhem. Alain, seudónimo de Émile-Auguste Chartier (1868-1951) llega precedido de fama excepcional: la del entrañable inspirador; la del guía que señalaba vías para los atascos del pensamiento; la del hombre que escuchaba a sus discípulos con los sentidos plenos, y les devolvía ideas con las que recomenzar o seguir adelante. Pocas veces ocurre (tal el caso de María Fernanda Palacios en Venezuela), que tantos discípulos de talento reiteren públicamente su filia. El amor a la persona vive entrelazado a la admiración por la obra. A veces el azar obsequia a algunos discípulos con este privilegio: el de amar y admirar a un mismo tiempo: corriente por la que circula la luz de la gratitud.

En las páginas de numerosos diarios ejerció una de sus más potentes destrezas: fue un prosista de lujo. Publicó más de 3.000 ensayos breves, “piezas livianas para quitarle peso al peso de la vida”, en los que predominaba un estilo limpio y sosegado, conciliador y de imperturbable sencillez, a menudo rociado de un humor exquisito. Quizás lo más sorpresivo de estas “livianas” sea su conexión con los más básicos asuntos de lo cotidiano. Con las mínimas preocupaciones de las personas. Le inquietaba lo próximo, la materia de la que están hechas las preocupaciones corrientes. Los más de 90 textos que componen Sobre la felicidad (Hermida Editores, España, 2016) fueron publicados por primera en 1928: reúnen textos que abordan o merodean cuestiones presentes entre malestar y bienestar del hombre en el mundo. Su método: el de mostrar cómo pensar. Quizás ese sea el mayor magisterio de Alain: un maestro del pensar.

En el engranaje principal de esta secuencia de textos, una idea cuya genealogía puede rastrearse hasta los estoicos: la que sostiene que cada quien es también enemigo de sí mismo. La imaginación, experta en fabricar agravantes y conspiraciones; el punto de vista, aireado y parcial de los hechos que nos competen; las pasiones, que nos engañan y nos colocan en posiciones vulnerables. Cuando las pasiones son, además, elocuentes, su capacidad de obnubilarnos se acrecienta. En alguna parte Alain cita al mismísimo Epicteto: “Suprime la falsa opinión y suprimirás el mal”. No se trata tanto de apartarse de las fuentes del padecimiento, como de impedir que ellas entren en nuestro corazón. Hay un activismo del ánimo, un tomarle la delantera al mal talante. “Si por casualidad yo tuviera que escribir un tratado de moral, pondría el buen humor en cabeza de todos los deberes”.

Esta imaginación vulnerable depende en buena medida del cuerpo. El estado de la corporalidad la determina. La imaginación proyecta el cansancio, la exaltación, el dolor o las energías del cuerpo. Este movimiento no es metafórico, sino real: ciertos pensamientos toman un mal sendero, que además es inclinado. Allí no es fácil detenerse, revertir la marcha. La irritación, y este es uno entre muchos ejemplos que podrían extraerse del libro Alain, tiene una propiedad: tarde o temprano logrará abrirse un camino.

Los pensamientos nublados, sugiere el filósofo, no se combaten con otros pensamientos (por muy sonrientes y luminosos que sean). Encuentran su remedio en la acción, incluso en los gestos. Las ceremonias, los gestos en la esfera social, los signos que contienen las formas (como una simple felicitación) no son irrelevantes. Al contrario, alejan a las personas de la irresolución que es, de acuerdo con la prédica de Descartes, el peor de los males humanos. Hay una astucia profunda en el vínculo entre poder y acción. Alain se sirve del caso de las reglas monásticas: “Así es la regla monástica, que tan bien cura la irresolución. Aconsejar la oración no es nada; hay que ordenar el rezo de una oración determinada a una hora determinada. La verdadera sabiduría de los poderes debe resumirse en una orden seca, sin ninguna razón. La menor razón haría surgir inmediatamente dos razones y miles de razones. Pensar es agradable, cierto, pero es preciso que el placer de pensar acompañe el arte de decidir”.

En el ensayo titulado “De la piedad”, Alain no flaquea. Sostiene que hay esa bondad que se encamina o se disuelve en la piedad, ensombrece la vida. Cuando se expresa, añade una capa de pesar al sujeto de su bondad. Mejor que las muestras de dolida solidaridad (“odio la elocuencia del enterrador”, dice Alain) es la amistad gozosa, la confianza en la constitución de lo vivo. En otro lugar insiste: hay un orden vital que puede ser construido y conservado en buena forma. La voluntad trata de eso justamente: reconocer que siempre es tiempo de querer, de aspirar a más.