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Nelson Rivera

Libros: Alain Finkielkraut

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En el estudio que dedica a La mancha humana, la novela de Philip Roth, Finkielkraut nos recuerda que todo cuanto nos sucede anida en nosotros bajo la forma del relato. Desde que somos niños, la vida llega como historias binarias, estereotipadas. “No nos cansamos de reducir los problemas, los dilemas y los rompecabezas de la existencia a escenas deslumbrantes donde el Bien afronta al Mal en singular combate. Los contenidos de esas dos nociones cambian, la estructura permanece: siempre es San Jorge el que hunde su lanza en la boca del dragón”. En las nueve extensas piezas que reúne Un corazón inteligente, una idea reaparece transfigurada: la novela se zafa de lo esquemático, va más allá de la fachada de las cosas, se interna en la singularidad y en la complejidad de la condición humana, saca la cabeza de los automatismos: en ello consiste su poder para introducirse en los enigmas del mundo (Editorial Leviatán, Argentina, 2011).

La broma, la novela de Milan Kundera (conmueve pensar que se trata de una ópera prima) nos asoma al carácter teatral, a la pantomima que subyace en la ferocidad de Historia. El enemigo del régimen totalitario, más que víctima, es una víctima expiatoria, una víctima expuesta a la euforia del poder. El esfuerzo del protagonista por escapar de la catástrofe, lo conduce a ella. En Todo fluye, la última de las novelas de Vasili Grossman, Iván Grigórievich regresa a Moscú después de haber estado deportado por treinta años. El que regresa es alguien que ha desaparecido, que ha sido olvidado, que ha quedado fuera de lo que transcurre. Grigórievich encarna lo irreparable. Pero no vuelve para vengarse. Su actuación desarticula la pulsión justiciera. Grossman elude la mayor de las tentaciones narrativas: la respuesta que opone. Singulariza a su personaje (Finkielkraut asegura que Grossman sigue el camino de Chéjov), en un testimonio que no se comporta como si fuese a engrosar el expediente de un tribunal.

El que me ha parecido “el estudio” más estremecedor de Finkielkraut: sobre Memorias del subsuelo, de Fiodor Dostoievski. El protagonista cambia un día: deja de hablarle a la pared y se pone a escribir. Pero ese paso no tiene nada de aleccionador. La presencia de lo bajo, de lo impuro, de la carnalidad prosaica, se exhibe como inseparable de la vehemencia con que se formulan los pensamientos, que salen como de un chorro abierto. Habla de sí mismo, incesantemente, derramado por su inconsistencia. Lucha por hacerse nítido ante el público imaginario de su escritura. A pesar de que luce incontenible, algo en él titubea: “no tiene señas particulares, o más bien, su particularidad solo está hecha de señas dirigidas a destinatarios inalcanzables. La obsesión por el otro le sirve de identidad”.