• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Juan Pablo Gómez

Libertador, la película, el mito y la historia

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A fe que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.

El Quijote, II, 3.

 

Ver una representación cinematográfica del mito de Bolívar resulta siempre provechoso para repensar la figura heroica más connotada de nuestra historia. Nuestra idea de nación, a estas alturas, está indisolublemente ligada a una imagen sublimada de nuestro héroe mítico por excelencia: el Libertador. Ya este título pomposo conferido en Mérida en 1813 magnifica una figura ya de por sí agigantada que termina devorando el protagonismo de otras figuras importantes en nuestros libros de texto más elementales. Nuestra obsesión con el Libertador es pasmosa: República Bolivariana, avenida Bolívar, Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, avenida Libertador, estado Bolívar, municipio Libertador, Universidad Simón Bolívar, Ciudad Bolívar, pico Bolívar, Centro Simón Bolívar, plaza Bolívar, Universidad Bolivariana, parque Bolívar, Cuadra Bolívar, Museo Bolivariano, Clásico Simón Bolívar, Unidad Pedagógica Experimental Libertador y un inagotable etcétera corroboran esta fijación. Nuestra moneda lleva ese nombre: con bolívares compramos cosas.

Pocas cosas de menor interés general que el revisionismo histórico, y al comentar la película, comprendemos las licencias artísticas que se tomaron los hacedores del filme, encabezados por Alberto Arvelo. La cantidad de inexactitudes históricas es abundante, pero son absolutamente válidas tratándose de una biografía cinematográficamente convertida en epopeya. Esta es una distinción importante: novela y epopeya. No se noveliza al Libertador, porque novelizarlo consistiría en rebajarlo a su condición humana más elemental y cotidiana, para no decir ordinaria (Bolívar fue, en efecto, extraordinario para bien y para mal). El proceso es el inverso: se sobredimensiona y sublima una figura humana para convertirla en héroe. Para ello es necesario editar y eliminar un montón de cosas, y exagerar otra serie de rasgos. La película lo hace ostensiblemente. Es válido. Pero es el mismo proceso que ha planteado la historiografía oficial y el interés político-ideológico: desde Guzmán Blanco, pasando por Juan Vicente Gómez hasta la apoteosis bolivariana de Hugo Chávez. Lo interesante hubiese sido adentrarse realmente en las complejidades del personaje: sus contradicciones, sus obsesiones, sus ambiciones más profundas. Tratándose de una superproducción que además ha sido filmada en muchos países y con un ingente reparto entre actores y extras, resulta chocante la versión chata que nos ofrece de la historia. Un Bolívar bailando tambor, querido y respetado por sus esclavos, dando discursos magnánimos y emotivos para acicatear a su ejército antes de la batalla (suenan violines de fondo), y haciendo alardes de lances extraordinarios en batalla son elementos que fomentan una idealización que ya no da más de sí misma. Quizás Bolívar no necesite más de esto y Venezuela tampoco. Quizás sea más urgente captar una serie de circunstancias históricas que atañen al contexto y a la historia colectiva, más que a un ser superdotado que ocupa el trono de padre fundador de la patria.

Algunos detalles del filme son, además, lacerantes: un Francisco de Miranda con acento cubano, una María Teresa Toro ocupando un espacio mayor en los afectos del Libertador que la misma Manuelita Sáenz, un Simón Rodríguez “malandrizado”, la vergonzosa ausencia del general Piar o un final enigmático y, casi, complaciente con las teorías conspiratorias de la muerte son visiones lamentables.

Bolívar es una obsesión venezolana vigente no porque sea nuestro hombre más cercano a la divinidad, sino porque aún hay muchas cosas que no sabemos de él, que no terminamos de comprender en profundidad. No es que no se haya intentado. Sobran las obras serias que delatan el exacerbado culto a Bolívar. Pero hace falta llevarlo a la llamada cultura popular. Al cine de pretensión histórica casi diríamos oficial. Bolívar está tan presente en nuestra vida que, en realidad, es prácticamente invisible. El exceso de lo políticamente correcto y la complacencia nos empaña siempre la vista. Más necesario, decía, es quizás una imagen que empiece a hacer a la gente preguntarse por cosas a las que nunca prestó suficiente atención: ¿por qué siempre había un retrato de Bolívar en mi aula de clases? ¿Por qué en cada pueblito de este país tiene que haber una plaza central que en vez de llamarse “plaza mayor” se llama “plaza Bolívar”? ¿Por qué la manía por la estatua ecuestre del eterno hombre de acción en la cúspide de la gloria? ¿No es demasiado? Una imagen provocadora, no de sacrilegios, sino de honduras. Recuerdo esas famosas y polémicas palabras de Cabrujas sobre el Libertador: “Tenía un concepto de sí mismo tan apabullante, tan carente de paisaje; él se creía el centro del mundo y no veía esto sino como decorado, no le importaba la realidad, por eso llegó a tanto”. La sucesión de artículos y aclaratorias que tuvo que escribir Cabrujas para matizar sus palabras casi confirmaban la necesidad imperiosa de una postura crítica como la suya. Tenía razón, no sé si por lo que decía, pero sí por atreverse a decirlas: una auténtica invitación a la reflexión seria sobre nuestro héroe. Con Bolívar ocurre una dualidad extraña: el espectacular contraste entre el triunfo de su personalidad arrolladora en búsqueda de la estatua y el doloroso fracaso de su proyecto americano. Hasta ahora parece que nuestro país ha preferido la estatua y la grandilocuencia.