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Gustavo Roosen

Libertades y soberanía alimentaria

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Al analizar los informes con los que muy diferentes instituciones internacionales miden valores como competitividad, libertad económica y clima de negocios salta a la vista la relación entre la posición ocupada por los países y su capacidad para impulsar crecimiento económico y crear condiciones de bienestar para sus ciudadanos. En la elaboración de todos estos informes, por otra parte, aparecen como constantes un conjunto de factores que tienen que ver con el respeto por la legalidad y los derechos individuales –incluido el de propiedad–, la fortaleza y confiabilidad de las instituciones, los niveles de libertad, las condiciones de infraestructura y logística, los estímulos a la innovación y al trabajo. Venezuela no está en los primeros lugares: 177 entre 183 en el “Doing Business” del Banco Mundial que mide el clima de negocios, 126 entre 144 en el Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial de Davos, 144 entre 144 en el Informe sobre Libertad Económica del Cato Institute de Washington y Fraser Institute de Canadá.

Estos mismos factores explican el comportamiento de economías más prósperas y mejor orientadas a las soluciones de los problemas reales de la gente. Su aplicación da sentido a casos como el de Brasil, presentado recientemente en el foro organizado por la Asociación Venezolana de Ejecutivos para estudiar la transformación experimentada en ese país en los últimos 30 años. La actual condición de Brasil como formidable exportador de productos agrícolas se entiende mejor cuando, como expusiera el ingeniero agrónomo brasileño Samuel Ribeiro, se analiza el resultado negativo de los excesivos controles estatales sobre la agricultura y, por el contario, el efecto positivo de una política basada en el respeto a la propiedad privada de la tierra, el estímulo a la investigación y a la producción en un clima de libertades.

En los últimos años en Venezuela, por contraste, hemos aplicado el modelo equivocado: expoliaciones, intervenciones de tierras, estatizaciones, inseguridad, controles de precios. Con estas políticas, lejos de aumentar la oferta de productos se ha contribuido al abandono de la actividad agrícola, a la distorsión del mercado y, en definitiva, a la escasez. Pese al discurso de soberanía, lo que se ha hecho ha redundado en dependencia. Se ha dejado incluso de hablar de soberanía alimentaria –que implica privilegiar la producción interna– para concentrarse en el concepto de seguridad alimentaria que pone el énfasis en la disponibilidad de alimentos sobre la base de la producción interna y del recurso a la importación. Lo que ha crecido, de hecho, ha sido la importación, multiplicada por cinco a raíz de las recientes medidas de control de precios.

Entre las revisiones urgentes que se imponen en esta hora está, sin duda, la del desarrollo agroalimentario como política básica para garantizar la soberanía y la seguridad alimentaria, sin pretensión de autarquía pero con una firme voluntad de aprovechar nuestro potencial agrícola y nuestras ventajas competitivas y comparativas para producir alimentos en volúmenes suficientes incluso para disponer de excedentes exportables. Tuvimos momentos en que fuimos capaces de hacerlo.

Para superar la crisis y retomar la vía de la producción se vuelve imperativo pensar en un plan de crecimiento del sector agrícola, inconcebible sin la inclusión del sector privado, sin seguridad jurídica, económica y social y sin políticas públicas de estímulo y apoyo. La reciente propuesta de Cavidea se inscribe en esta línea cuando vincula seguridad alimentaria con expansión de la producción nacional y cuando propone un incremento sostenido de la producción agrícola, la flexibilización de los trámites de importación, la participación de la industria en programas sociales y un sistema administrado de precios que permita a todos los actores de la cadena recuperar su inversión.

La soberanía alimentaria, está claro, se garantiza más en un clima de libertades que estimule la producción que bajo un esquema de controles que la asfixie.