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Heriberto Fiorillo

Leyendo al otro

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Los colombianos mayores de 12 años de edad leen más o menos 2 libros al año. El promedio tiende a bajar porque el país está leyendo hoy también en medios electrónicos. En el año 2010, el promedio era, según el Dane, de 2,23 libros por persona, pero, para 2012, la misma entidad fijó la cifra en 1,9.
Cuando a personas entre los 25 y los 54 años de edad se les pregunta por qué no leen, responden que no disponen del tiempo suficiente. O que gastan su tiempo en asuntos “de mayor prioridad”. Hay tiempo para trabajar, navegar por Internet, hacer deporte y salir con amigos.

La mayoría de los adultos sienten que la lectura no ayuda ni sirve para nada. Si acaso, como pasatiempo. Los jóvenes de entre 14 y 24 años manifiestan que la lectura no les gusta, que no les interesa.

Alguien tiene que repetir a niños y adultos por qué es conveniente que todo ser humano lea libros, sobre todo de ficción. Mucho pueden aportar los bibliotecarios del país con talleres y otras actividades que fomenten la lectura en las 80 nuevas bibliotecas abiertas por el gobierno nacional. Mucho, los profesores y los padres de familia.

Mi madre me leyó primero libros de aventuras y luego historietas. Creo que en esos dos momentos surgió mi amor por los libros y por el cine. Hoy he podido ver a adultos leyendo historias a sus hijos en un Kindle, pero lo que aún no veo ni puedo imaginarme es a un niño de nuestro tiempo leyendo con su padre un cómic o paquito en tableta.

Está comprobado que los niños con padres que les leen historias tenderán a convertirse en lectores asiduos. Primero, por el interés con que los adultos les han presentado esos libros. Segundo, porque las historias despiertan y mantienen su curiosidad por lo que va a pasar.

Leer enriquece la memoria, estimula y desarrolla la inteligencia, la imaginación y la creatividad; ejercita la mente, mejora la concentración, inculca valores y proporciona conocimiento, facilita las habilidades lingüísticas, las relaciones sociales y la empatía. Aumenta las experiencias, el sentido crítico de las personas y su agilidad mental. Reduce el estrés, mejora la ortografía, aumenta nuestro léxico y nuestra cultura.

Con la lectura no solo se aprende a convertir las palabras en ideas, sino a imaginar lo que no se ha visto, a indagar en las emociones y raciocinios de los demás, a vivir sensaciones como el peligro, la ansiedad, el misterio y la incertidumbre.

Como en los buenos Carnavales, en las buenas novelas podemos ser lo que no somos o lo que realmente somos, seres mortales e inmortales a la vez. Leer, como soñar y escribir, es una forma eficaz de transgredir la realidad, hacer posible lo imposible, derrotar al tiempo, matar la muerte. Ahí, en esos libros, están los inconformes y los rebeldes, los que han sabido disminuir la violencia del mundo.

Leer ficción ayuda a las personas a identificar mejor las emociones y las intenciones ajenas. Mientras otros libros tienden a ofrecer personajes y situaciones estables, la buena literatura fuerza a penetrar en la mente de los personajes y apreciar la vida desde variados puntos de vista. “¿Quieres leer la mente? Lee buenos libros”, recomendaba la revista Science en octubre pasado.

Y es que, en últimas, la lectura de libros es la lectura de los otros, no solo los que hallas en cada volumen, sino por la calle, en la casa, en el colegio. Leer la gente y leer una comunidad desarrolla nuestra inteligencia y nos permite movernos mejor en sociedad. Nos habilita para descubrir el alma humana, mirar la vida desde mil lugares nuevos. Aprender a leer es aprehender, alcanzar a leer al otro, ese otro que puede presentarse ante ti de mil maneras.