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Eli Bravo

Levántate y (al menos) camina

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Mi amiga Rosy Álvarez, con quien hice mi primer programa de radio (en tiempos de cintas magnéticas y vinilo),  tenía un divertido nombre para los aficionados al ejercicio. Los llamaba “cerebro de músculo”. Como imaginarás, más allá de referirse a los beneficios de la actividad física, apuntaba sus dardos a una supuesta falta de interés en los asuntos intelectuales. Según ella, “cerebro de músculo” pasaba sus días en el gimnasio para terminar con la cabeza dura y vacía. Sí, es un estereotipo, lo sé, y no, no es cierto que la gente que hace mucho ejercicio sea menos inteligente.

Lo que no sabía Rosy era que “cerebro de músculo” tenía una cabeza muy saludable y conectada. Por más de dos mil años hemos escuchado mens sana in corpore sano y ahora la neurociencia demuestra que la actividad física modifica positivamente el cerebro. El sedentarismo también lo altera, pero en sentido contrario.

En un estudio reciente científicos estadounidenses analizaron las conexiones neuronales de un grupo de ratones activos y otros sedentarios. Al cabo de tres meses encontraron que el cerebro de los animales activos tenía pocas alteraciones. En el caso de los ratones que pasaban los días “echados en el sofá” hubo un cambio importante en la zona rostral ventrolateral: las neuronas eran más grandes y tenían brazos más largos.

¿Y cuál es el problema? Esta zona del cerebro controla la presión sanguínea del cuerpo. Si funciona correctamente puede regular sin problemas venas, arterias y vasos capilares, pero si sufre alteraciones, su trabajo se hace ineficaz o excesivo y produce aumentos en la tensión. La teoría de los científicos es que el sedentarismo altera el cerebro agravando los problemas cardiovasculares. En el caso de los ratones (y muy posiblemente los seres humanos) las neuronas alteradas de la zona rostral ventrolateral disparan impulsos irregulares y confusos estresando el sistema circulatorio.

Visto así, el problema del sedentarismo no se limita al debilitamento de los músculos o a la poca actividad aeróbica en los pulmones. Cuando flojeas demasiado tu cerebro también sufre.

A estas alturas sabrás a donde voy: tienes que levantarte de la silla y ponerte en movimiento. No tienes que ser un cerebro de músculo, pero sí necesitas unos minutos de actividad para alcanzar un mayor bienestar físico y mental.

Cada vez está más clara la relación entre el ejercicio y un buen estado de ánimo. También se ha comprobado que la calidad de vida es mayor cuando el cuerpo realiza alguna actividad con regularidad. Si te mueves al menos media hora al día tendrás mejor rendimiento intelectual, mejor sexo y más energía vital. No tiene que ser un ejercicio extenuante. Con actividad moderada, digamos al menos una caminata, obtendrás los beneficios.

Otros estudios han demostrado que el ejercicio aumenta la flexibilidad cognitiva y combate la reducción de la masa cerebral producto del envejecimiento. Incluso, se ha documentado que el ejercicio es mejor que la actividad mental a la hora de estimular las nuevas neuronas que aparecen en el cerebro, porque si aún no lo sabías tu cerebro nunca detiene su desarrollo. Su tejido siempre está cambiando. Al igual que los músculos, necesita ponerse en movimiento.

Entonces ¿te vas a quedar allí sentado todo el día?