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Lena Yau

Letras a la taza

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Cada uno saborea las frases a la manera de sus labios, o al menos necesita que el tiempo se le vuelva sensación en la boca.

 

Lezama Lima

 

 

Las letras y los sabores son un arma contra el olvido.

Escribimos y comemos en una mesa porque para hacerlo bien necesitamos tiempo detenido.

Parar el cronómetro, lanzarnos de clavado desde un trampolín hecho con agujas y nadar en redondo la esfera que marca lo vivido.

Las letras y los sabores son otro reloj: el reloj que guarda.

Es por eso que tantos autores las unen en sus ficciones.

Esa juntura habla del andar de las horas desde muchas perspectivas: pasado en el recuerdo que dejan amores cerrados, presente continuo en los amores en ejercicio y futuro en los amores deseados, diacronía que se escribe sobre el mapa de un país, razón que existe en un umbral que intuimos pero que no conocemos y que cuenta historias fantasmales y fantásticas.

Bukowski decía que la palabra debería ser “como la mantequilla o los aguacates, la carne o los bizcochos calientes, o los aros de cebolla o

cualquier otra cosa que sea realmente necesaria. Debería ser casi

posible que agarres las palabras y te las comas”.

Leo este poema y pienso que olvidó incluir al chocolate.

O no: tal vez los bizcochos calientes son brownies.

El brownie, bizcocho de superficie lustrosa y cuarteada, de interior esponjoso: cofre que guarda un surtidor de líquido espeso, untuoso, envolvente.

Las palabras son estuches que encierran manantiales. Una vez que las usamos, abren su interior dejando correr un río cuyo cauce es la escritura.

Así el poeta Mark Strand cuenta que cuando come poesía la tinta le resbala por las comisuras.

Desde la matica habla el cacao.

Es un árbol con padrino o madrina, un árbol que crece al amparo de otro árbol. Eso es ya una realidad poética, un cuento en potencia.

Y ese árbol padrino, madrina, bautiza a los hijos de los hijos del fruto.

El chocolate que es nieto de un árbol cuidado por un bucare lleva el nombre del cuidador.

O de la tierra: los nietos pueden llevar nombres de la madre nutricia.

Los cacaos de Carenero hacen chocolate de Carenero.

La mazorca que encierra las semillas del cacao canta cuando la agitamos.

En el proceso de secado se rastrilla una alfombra de semillas delineando formas que pueden ser historias.

Desde el árbol cuyo fruto nace directamente del tronco hasta el momento en que apretamos un cuadrito de chocolate contra el paladar hay un largo sendero de palabras que nos cuentan.

Cacao en letras

En las letras venezolanas la presencia del cacao es importante.

¿Cómo no serlo si el cacao fue columna maestra de la economía de nuestro país?

En Cumboto de Rafael Díaz Sánchez se vinculan cacao, patria y nacionalidad.

Pobre Negro de Rómulo Gallegos refleja la vida de las haciendas en las que se cultivaba el cacao, el habla musical de los esclavos y describe los cacaotales casi en clave de catálogo botánico.

La enumeración de las riquezas del país en El hombre de Hierro de Rufino Blanco Fombona incluye el cacao.

El mapa de Venezuela memorizado en clase geografía en Ana Isabel, una niña decente de Antonia Palacios pasa por Barlovento, negra tierra de negros y cacao.Las chuches definen a las clases sociales. Las niñas que compran chocolate de segunda se tienen que conformar con un chocolate desnudo. No pueden hacer estrellas con el papel de plata que envuelve al chocolate de primera.

Arístides Rojas relata en sus crónicas que el cacao es religión y devoción. Entre los años 1636 y 1637 un parásito llamado candelilla se devoró los cacaotales y los caraqueños buscaron en la virgen de las Mercedes el amparo que necesitaban para sus arboledas.

En las mismas crónicas describe el peso de la inmigración europea como factor clave para el desarrollo y la proyección de las haciendas cacaoteras.

Te espero en el puerto, de Elisa Arráiz Lucca, recoge la llegada de los corsos a Carúpano y su descollante actividad cacaotera.

A Los amos del valle de Francisco Herrera Luque lo único que les faltaba era la hidalguía certificada. Muchos se hicieron marqueses o duques comprando títulos a los Grandes de España con su fortuna cacaotera. Se dice que de allí nace la expresión que los llamaba con cierta sorna Grandes Cacaos.

Pero a los grandes cacaos les cesa el tiempo.

Su reloj lo detuvo el petróleo.

Negro también, cambiamos un oro por otro.

Esa caída se lee en la pregunta de un personaje de Cuando quiero llorar no lloro de Miguel Otero Silva: “¿A quién se le ocurre conspirar con un hacendado de cacao pudiendo hacerlo con el gerente de la Standard Oil?”

 

Tinta de chocolate

El universo gastronómico tienen dos vertientes, dos prácticas, dos formas de leerse: la esfera pública y la esfera privada.

Los fragmentos anteriores apuntan a lo público.

El cacao, sin procesarse, sin ser chocolate, está más cerca de lo descriptivo y de lo colectivo, que de lo poético y de lo individual.

El chocolate, en cambio, es letra íntima, tiempo personal, experiencia lírica. Vicente Gerbasi acude al cacao para hablar del hogar tangible: “casa pintada de cal, allá en mi aldea, escondida entre el café y el cacao”; y escoge al chocolate para hablar del hogar como arcano: “Todo se iniciaba en secreto, el sabor del chocolate, Tío Conejo entre árboles lunares”.

José Balza narra en Orinoco Profundo cómo ayudar a su tía a hacer caramelos con chocolates era una fiesta.

Es fiesta en la fiesta y fiesta en el duelo. Secamos nuestras lágrimas y nos reconfortamos al abrigo del cacao convertido en barra, en bombones, en helado, en tartas. ¿Para qué ahogar las penas en alcohol cuando puedes hacerlo con una joya gastronómica envuelta en papel de fantasía?

Basta leer las vicisitudes de María Eugenia y María Josefina en El exilio del tiempo de Ana Teresa Torres. María Eugenia combatía su soledad en Laussane con chocolate.

María Josefina lloraba quepadres la separaran de su amor sobre un helado de hotfugde.

El chocolate es deseo, amor silencioso, amor incipiente, amor aspirante, propuesta que se queda en la punta de la lengua adoptando el disfraz de una tableta compartida como en una Canción Alemana de Juan Carlos Méndez Guédez: “El chocolate compartido al salir de la película. Tu silencio como una excusa del diálogo”.

¿Cómo olvidar la merengada de chocolate que pide Julia mientras un pollito pía, suda y aletea dentro del bolsillo de Juan en Un regalo para Julia de Francisco Massiani?

¿O el chocolate que subía los grados del amor y los suspiros que Blanca Nieves le dedicaba a Vicente Cochocho en Memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra?

Ambrosía que doblega al temperamento más acre, convierte negativas en entregas, abre las compuertas de la sobriedad y da paso franco a la lujuria y al goce. Pedro Lhaya, poeta barloventeño y cultivador de cacao, fue uno de los escritores que más trabajó el fruto desde la sensualidad. Sus poemas cantan “senos de cacao y de miel, pechos de cacao y de sándalo”.

El tiempo de ultratumba, el reloj de lo obscuro, viene con José Barroeta. En El huésped, el poeta recibe al fantasma de Aquiles. Aquiles quiere viajar, pero los ojos tristes, la cortesía, una partida de ajedrez y un espumoso chocolate, hacen que desista.

El chocolate fue amado y denostado a partes iguales.

Gracias a las cartas de Madame de Sevigné sabemos del suicidio de Vatel y de la mala fama del chocolate. Sevigné escribe que el chocolate quema la sangre.

Balzac habló de la perversidad del manjar. Conjeturaba si no sería el chocolate el culpable de la decadencia del imperio donde nunca se ponía el sol.

El temor al chocolate tiene que ver con el territorio ganado. Si bien el cacao para los venezolanos significa la tierra y el hogar tal y como lo cantó Andrés Bello en Silva a la agricultura de la zona tórrida, para el foráneo significa la recuperación del vencido. El cacao y el chocolate son la conquista de regreso, el revés de la colonización, el tiempo sonriendo con ironía ante el gesto de placer de quien lo prueba. Es el encantamiento hecho sabor, el hechizo conjurado en los bosques del trópico.

Rafael Cadenas escribe en un poema cómo el chocolate debilita la mano opresora de un generalísimo que revisa expedientes de condenas a muerte mientras moja churros en una taza de chocolate: el placer que le hace sentir el sabor del chocolate es mayor al placer que le hace sentir que su firma aniquile.

En la literatura el chocolate pinta los billetes metafóricamente comestibles de Uslar Pietri en el cuento “Un mundo de humo”.

O se acuña en monedas que guardadas bajo la almohada de infancia comparten protagonismo con Picasso, Chaplin y el amolador en el “Credo” de Aquiles Nazoa.

Esas monedas las comimos de pequeños, acaso sin saber que Nazoa les rezaba y también nos comimos fascinantes cucarachas de chocolate sin leer a Circe de Julio Cortázar.

Pero estaban allí, lengua y letras, en las historias escritas, en las letras que exhiben las tabletas (“Dame un cuadrito de chocolate” a veces era “Dame la A”), en los empaques con sus nombres cadenciosos, telúricos, de resonancias inglesas, francesas, con nombres de músicos, de ciudades lejanas, de árboles de bosque lluvioso.

Mientras escribo pienso que la niña que fui iba a la playa por una carretera precaria y llena de curvas imposibles atravesando una montaña boscosa llena de árboles de cacao.

Yo miraba los troncos para contar las mazorcas y luego miraba a las copas para buscar el cielo.

Una vez paramos para comprar la pasta de cacao que vendían a orillas de la carretera.

De regreso a casa el intento de hacer chocolate fue un desastre: la pasta de cacao se derritió y se hizo fango.

¿Qué niño no ha soñado con hacer chocolate? ¿Quién no quiso aquel horno de juguete para hacer bombones?

Creo que los autores escriben chocolate para satisfacer aquel deseo de la niñez: hacer chocolate. Crear chocolates con las letras.

Recuperando mis aventuras de niña fallidamente chocolatera pensé en Blas Coll, el personaje de Eugenio Montejo, que escribía en cuadernos pero también en hojas de banano y de almendrones. Ya Tulio Febres Cordero buscó el camino del chocolate y el chorote en nuestros Andes, desdijo a Humboldt, hizo de las hojas de los árboles sostén para sus letras y recogió una receta de carne con chocolate en un libro que publicó en 1899.

Más de un siglo después las hojas bailan en el aire y susurran tejiendo caminos invisibles que llevan a las ollas.ate como lo buschocolate. Los poate como lo buscde reinvencie llevan a las ollas. Carlos Garcedas.da un rara quchocolate.

Trazos de cacao sobre papel vegetal para pintar poemas y relatos con gusto a chocolate.

Trazos de cacao sobre el mantel y sobre los platos para firmar historias de chocolate conversado y paladeado en la mesa.

Al comer un chocolate hay un poema mudo en nuestra boca.

Cuando eso ocurre nuestros árboles se llenan de letras y una tinta invisible escribe sobre sus hojas el relato del sabor que se funde en nuestra lengua: un amor que inicia, otro que acaba, una dieta postergada para el lunes que viene, el recuerdo de una amiga que nos piensa en otro continente, los bombones que la abuela nos daba los domingos, la cama lista para dormir en un hotel exquisito, los dedos que lamemos amorosamente, aquella falda blanca perdida para siempre estampada con huellas dactilares de chocolate pero ¿qué importaba perder una prenda cuando el camino del romance estaba descrito en ella?

Vibra mi móvil. Un mensaje enviado desde Caracas me dice que “los poetas no hablan de chocolate. Los poetas hablan chocolate. Lee la dulzura de Montejo, siente la untuosidad de Julio Miranda”.

Tiene razón Juan Carlos Bertorelli, eso que se nos queda en la boca después de leer a algunos poetas, esa voluptuosidad que se hace esfera que explota sin deshacerse, que nos embarra, que nos llena de lujuria palabrera, es chocolate.

Él habla también allá, a seis kilómetros de mi horizonte, de cacao. Deja líneas para descifrarlo. Como yo desde aquí. Y luego esas líneas se vuelven confluencias que viajan pero que están en un mismo lugar.

De nuevo, la mazorca procesada, el fruto que nace en el tronco, habla, escribe, es leído, nos narra.

Esas palabras, las escritas en las hojas, eran el cielo que yo buscaba cuando miraba las copas.

Las juntaba para una historia que en un futuro escribiría.