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José Ignacio Calderón

Letras y sangre

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Hoy, hace exactamente una semana, murieron, en el mismo día, dos referentes de la literatura mundial: Eduardo Galeano y Gunter Grass.

En el ámbito académico, lo que diferenciaba a estos hombres era un solo galardón: el Nobel de Literatura, del cual Grass fue recipiente. Compartían un público similar, y aunque su literatura partía por diferentes planos estéticos –diferencias insalvables entre Latinoamérica y Europa– ambos tenían un público parecido.

Tanto la izquierda como el progresismo leían con avidez a Galeano, padrino intelectual –sea por mecenazgo cultural o simple inspiración– de tantos movimientos de reinvidicación latinoamericanos, como a Grass, referente de la izquierda “buena” dentro de un país afectado por la Guerra Fría de modo tan directo como lo fue Alemania occidental. Ambos eran referencia dentro de la academia como pensadores con un verdadero compromiso intelectual en pos de un cambio real en el mundo.

Como los dioses antes, para muchos, los escritores son un faro de pensar. No es para menos –¿quién más que el propio hombre el que crea tanta cultura?–, pero, de nuevo, como los dioses (o cualquier pensar humano), son gente que siempre está propensa en tambalearse en el difícil tablero de la política.

Gente como Sartre, que dijo –con ironía existencial–: “Nunca los franceses habíamos sido más libres que bajo ocupación alemana”, o Ezra Pound y su explícito apoyo al fascismo italiano. Más cercano a nuestra lengua y tiempo, Vargas Llosa y Pérez-Reverte, torciendo el ataque terrorista a Charlie Hebdo como un llamado a una guerra santa-secular (si tal cosa es posible) entre la cultura occidental y la barbarie occidental.

A pesar de su difícil relación con el poder, los intelectuales de hoy tienen un problema más importante del cual encargarse: su público lector. Bien para mal, gente como Galeano o Gunter Grass, referentes de la izquierda mundial, eran también participantes (¿víctimas?) de un sistema de comunicaciones global. Si no era el Internet, fue a través de la masificación de libros a través de las grandes editoriales.

Galeano, ferviente castrista, prefirió callar ante los obscenos abusos de un  régimen militar contra colegas suyos como Guillermo Cabrera Infante o Reinaldo Arenas, por simple y llano miedo de perder su crédito como abanderado izquierdista frente a su público lector. Pero es que en la sociedad del espectáculo, nadie más cruel que tu propia audiencia.

Gunter, al declarar haber formado parte de las Waffen-SS de modo voluntario en la Segunda Guerra Mundial, sí decidió jugarse el todo, sin trampas ni facilismos (no tendría él la excusa del expapa Joseph Ratzinger, que fue miembro de las juventudes hitlerianas por “obligación”) y, como es natural, presentarse a la destrucción de la prensa.

No duró el régimen nazi para cometer más atrocidades, pero 60 años después, La Habana todavía tiene férreos defensores. Los que fueron amigos del poder, como Galeano, como  García Márquez, y sus influencias académicas, marcan un territorio de sangre dentro de las atrocidades del absolutismo. El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y si el conocimiento es poder también, entonces…

¿Qué?