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Diego Arroyo Gil

Leopoldo lee en la cárcel

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No hay nada más revolucionario que mantener despierta la conciencia. Contra el oscurantismo del destino impuesto o autoimpuesto, la conciencia se rebela –también se revela– como un viejo y terco faro que se enciende en medio de la tormenta.

Algunas veces nos hemos dicho los amigos que la situación de Venezuela, esta crisis tan demorada y anacrónica, no solo nos ha puesto en la circunstancia de sobrevivir, o no, a la delincuencia, sino que además nos ha obligado a dedicar un esfuerzo espiritual inmenso para no sucumbir a la caída, para que el país no nos deslave el seso en su debacle. No del todo, me refiero; siempre hay un pedazo de tierra que se viene abajo en el ánimo cuando, por ejemplo, nos enteramos o vemos que la delincuencia o la policía política –van siendo casi lo mismo– asesinan a un muchacho.

¿Qué podemos hacer ante el despojo que padece nuestro pueblo? La urgencia de los días a veces nos hace pasar por alto e incluso desestimar una respuesta crucial que tiene esta pregunta. No cabe duda, ante lo que está sucediendo en el país, que una de nuestras prioridades es la acción política directa, es decir, actuar cada cual, según su juicio, como ciudadano activo en su ámbito social. Pero resulta igualmente necesario que, en paralelo, hagamos algo más, algo que –aunque no resulte vistoso ni “efectivo” en la calle– contribuya con la reparación de nuestra situación moral.

Lo sé, a algunos les resultará exagerado, o quizá un cliché (pienso, sobre todo, en los que no transigen con la perspectiva de que la libertad se conquista poco a poco, y dolorosamente), pero hoy día tengo para mí la certeza de que, a lo largo de estos años de lucha constante y sostenida contra esta fuga de la historia, la conciencia común de la nación ha logrado mantenerse, más o menos, en su quicio gracias a que muchos venezolanos han llevado a cabo, decididamente, una de las acciones más reformativas de que disponen los hombres: leer.

¿Leer? Hemos leído, seguimos leyendo, no solo para abstraernos de la realidad –que a veces lo necesitamos–, sino asimismo con el objetivo de someter la realidad a un programa reflexivo, de estremecer la realidad con el aguijón del pensamiento y así convertirla en materia sensible de nuestra experiencia, en moneda que heredar como testimonio de nuestra vida social a los venezolanos que algún día nos sucedan, pues de seguro ellos requerirán, como ahora nosotros, algún apoyo que pueda proveerle la memoria para conjurar las urgencias de su tiempo.

Se preguntará el lector, viendo el título de este artículo, por qué he tardado tanto en mencionar, al fin, a Leopoldo López. He querido introducir con estos párrafos la presentación de una imagen que tengo muy viva desde hace días, cuando escuché a Diana, la hermana mayor del dirigente, evocar su figura como la de un hombre, preso, solo en su celda, leyendo.

–Tiene una rutina –comentó–. A las 5:00 de la mañana, apenas se despierta, lee la Palabra de Dios, la que corresponde a la fecha. Después de hacer ejercicio, lee la prensa (se la deja todos los días, en las puertas de la cárcel de Ramo Verde, el activista Manolo Blanco). Luego tiene dos sesiones de lectura, una en la mañana, de 10:00 a 12:00, y otra en la tarde, de 3:00 a 5:00.

–¿Y qué lee? –pregunto.

–Leopoldo diseñó un programa que incluye: historia de Venezuela, historia política contemporánea (sobre todo de América Latina), petróleo, religión y literatura latinoamericana.

–¿Sabe cuáles son algunos de los libros que ha leído?

–La serie antológica de historia contemporánea de Venezuela editada por la Fundación Rómulo Betancourt; Las ideas de los primeros venezolanos, de Elías Pino Iturrieta; Así lo vivimos. La vía chilena a la democracia, de Ricardo Lagos; La democracia realizada: la alternativa progresista, de Roberto Mangabeira Unger; En busca de respuestas, de Felipe González; Pensar el siglo XX, de Tony Judt y, muy importante –afirma–, Cartas desde Birmania, de Aung San Suu Kyi.

–¿Poesía?

–No era lector habitual de poesía, pero le he llevado libros de Rafael Cadenas y Yolanda Pantin, y le han gustado… Además, Leopoldo está escribiendo.

–¿Sobre qué?

–Sobre actualidad venezolana.

Fin de la conversación. Voy a casa. Atenazada la noche por el hampa, colgado el Estado en los garfios del gobierno, cercada e indefensa la ciudadanía, caigo en la cuenta de que, de alguna manera, a todos nos persigue una prisión, una cárcel. Aunque estoy libre –doy gracias–, esta habitación también es una celda y hay que resistir como los que están, de veras, en injusto cautiverio. Digo: ¡con la dignidad de pensar los victimarios no pueden!, y para que no se quebrante la continuidad del esfuerzo por mantener vigilante la razón, busco un libro, “un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro”, como pedía Kafka. Leer también es nuestra lucha. Que lo diga Leopoldo.