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Leopoldo Tablante

Letanía de san Cayayo

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En los años treinta del siglo pasado, al comienzo de la moda del swing en Estados Unidos, la imagen del músico de orquesta frenético que se sube a un tren o a un autobús, bebe whisky para calentarse, usa estimulantes para no desfallecer, toca varios shows en la misma noche y duerme en cualquier parte, develó los sacrificios de la estrella pop en ciernes. Sin embargo, fue a mediados de los años cincuenta –cuando el camionero Elvis Presley le inyectó a la cadencia rígida del country de Memphis, Tennessee, la liberación sexual del rhythm ‘n’ blues– que la perspectiva de convertirse en estrella se transformó en ambición y en riesgo para la juventud de todo el mundo.

Por ejemplo, Vanessa comenzó hace quince años como dependienta de una tienda de ropa en Nueva Orleans. La experiencia le permitió hacer contactos con diseñadores de moda de otros estados para ayudarse a lucir como si formara parte del clan de las celebridades. Pues sí, el pop es narcisista, a pesar de que ella sea una erudita de su repertorio (country, rockabilly y western swing). Tiene una voz entrenada, talento de cantautora y gracia y cancha de modelo. A sus 36 años es una vedette local que quizás se haya preguntado varias veces por qué no se le ha aparecido el cazatalentos justo y necesario. Colecta propinas en una cubeta de champán y se va de giras para presentarse en bares que la recompensan con la tarifa modesta que pagan los clientes en la puerta.

Lo que hace falta es tener mucha cara, ¿no? Esa es la filosofía de Mark, cellista virtuoso con toda una vida de formación clásica, guitarrista y figura carismática de un grupo de funk/rock que se llama Johnny Sketch and the Dirty Notes. Levanta la popularidad de su banda en medio de la competencia que pulula en un destino musical como Nueva Orleans. Tiene una camioneta Ford E-250 blanca que conduce él mismo cuando hay que coger carretera y un remolque en el que arrastra los petates de su tropa. Sus canciones son originales, el grupo suena en su sitio y el show está ensayado para emocionar a la audiencia. Pero a veces ni las entradas ni la temperatura de su cubeta le bastan. Así que, para redondearse, Mark también le mete a la carpintería y construye muebles con maderas de reciclaje.

A menudo se divierten; otras, no sé. Recuerdo haber acompañado a Mark a un cajero automático. Hizo un retiro de veinte. Le quedaban otros veinte y el zumbido ominoso de dos deudas: la de la universidad en la que se graduó de músico profesional y la de la casa llena de filtraciones en la que vive.

Conservatorios, composiciones, ensayos, demos, vestuario, discos, grabaciones. Tigres, tigres y más tigres, el mismo itinerario sin garantía alguna que inspiró en Caracas al héroe pop venezolano, Cayayo Troconis. En «esta ladilla de ciudad», paranoica y sin lugares donde tocar para curtirse y pulirse, Cayayo se convirtió en guitarrista de sensibilidad, hizo carrera y se condujo con una gracia discreta, sincera y a prueba de balas. Trabajaba a toda hora: para saber qué decir, cómo sonar y qué historias contar. Cuando su primer grupo, Sentimiento Muerto, anunció su separación en 1992, su próxima empresa, la banda Dermis Tatu –en la que lo acompañaron el baterista Sebastián Araujo y el bajista e ingeniero de sonido Héctor Castillo– se gestó en silencio y dentro de una olla a presión que contenía solo tres ingredientes: ensayo, ensayo y más ensayo.

Un nuevo presente cobró forma por medio de una logística inventada sobre la marcha y de una autogestión de bajísimo presupuesto. El resultado fue ese disco hecho en Buenos Aires hace veinte años que sigue rondándonos por la memoria y el corazón, La violó, la mató, la picó, que no hace sino mejorar con el paso del tiempo; también la transformación de Cayayo en un gurú celeste encima de este país de pendiente violenta, letárgica y clientelar.

Cayayo nuestro que estás en los cielos, no nos dejes ceder a la fuerza de gravedad y tuércenos el cuello y la voluntad hacia el destino de nuestros mejores deseos, ahora y siempre, por los siglos de los siglos, amén.