• Caracas (Venezuela)

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Gustavo Tovar

Leopoldo López, la cárcel y su espíritu

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¡Libertad o nada!

Leopoldo López no solo dialoga con su inocencia en la fría soledad de su celda; los que lo conocemos sabemos que en ella Leopoldo además idea, dibuja, describe y escribe lo que será el siglo XXI de Venezuela.

Sí, los que lo conocemos sabemos que, en Ramo Verde, Leopoldo López diseña el amanecer de la nación, pinta su aurora, y nos introduce de una vez por todas en el siglo XXI, que nos ha sido negado por la imposición despótica y corrupta de la larga noche chavista y su sangre.

En la soledad de su celda, Leopoldo López traza la ruta de lo que será el camino político hacia la mejor Venezuela. Su fuerza y su indoblegable fe son su disciplina diaria, su motivación, su anhelo de un floreciente porvenir para el pueblo venezolano es la luz que lo inspira.

Así se hace historia, así la estamos haciendo, nuestro destino innegociable es la libertad.

¡Libertad o nada!

 

El país invadido y humillado

Las naciones descubren sus más deslumbrantes relámpagos de luz intelectual y política en momentos de mayor tensión y tiniebla. Cuando todo parece perdido, cuando el ánimo se desvanece y parece apagarse la llama ardiente de la esperanza, un chispazo de lucidez, un brío, un arrojo moral reivindica nuestro espíritu y nos levanta.

Eso exactamente ocurrió con la inspiradora entrega de Leopoldo ante la tiranía, recuperábamos el aire y la luz, nuestra dignidad y honor como pueblo sembrador de libertad se redimían. La moral venezolana mostraba su rostro, ya no éramos una nación humillada, levantábamos la frente.

Recordemos. Un año atrás la voluntad el pueblo soberano de Venezuela había sido despreciada. Los venezolanos, que a través de nuestro voto habíamos dicho ¡basta! a quince años de oscurantismo chavista y a su perversión totalizante, habíamos sido engañados y robados. Ganamos las elecciones y deshonraron nuestra victoria.

Objeto de una miopía política vergonzosa, quienes recularon en abril pasado y no supieron dignificar la voluntad democrática y el mandato soberano del pueblo, pese a promesas y juramentos abnegados de que lo harían, con su capitulación no se daban cuenta de que entregaban el país a los invasores cubanos y a la maldición represiva de los hermanos Castro.

La excusa –digna de monaguillo mas no de un líder político (ni hablar de un estadista)– fue tan vaga como temerosa: no se quiso arriesgar la vida de venezolanos, que igual han muerto en el orden de miles desde entonces. No solo eso, ahora los invasores cubanos intentan hacernos sus prisioneros con persecución, represión, tortura, encarcelamiento y muerte, los cubanos intentan convertirnos en sus súbditos, nos dan una tarjeta de racionamiento para poder dominar nuestra hambre de libertad y justicia.

Vergonzoso, realmente vergonzoso. Pregunto: ¿qué hace una nación cuando es invadida por otro país? ¿No se defiende? ¿Qué hace un líder cuando la voluntad de su pueblo es subyugada? ¿No la defiende?

En todo caso, nuestros líderes y sus espejismos electorales decidieron recular y con el tiempo, sin razón lógica ni visión política, nos humillaron como pueblo: le dieron la mano al traidor y legitimaron el asalto cubano. Se rindieron.

Esta inesperada e injustificable claudicación al mandato soberano y democrático del pueblo generó desesperanza, desvaneció nuestra moral, nos confundió y derrotó espiritualmente. El desamparo era unánime. Habíamos consolidado el naufragio nacional.

Estábamos perdidos.

 

La épica urgida

¿Qué habría hecho Simón Bolívar en un caso semejante? ¿Sucre? ¿Páez? Sin ir tan lejos, ¿cómo habría reaccionado Betancourt? ¿Habrían claudicado o habrían ejercido su liderazgo para salvar a la patria?

¿Le habrían pedido permiso a las prostitutas instituciones del régimen (TSJ, CNE o a la OEA) para redimir la dignidad venezolana, para rescatar nuestra moral pisoteada?

No, no lo habrían hecho. Habrían luchado, habrían ofrecido su vida y su libertad, toda la fuerza de su alma, por reivindicar el honor de Venezuela y el valor de los venezolanos, como hizo Leopoldo López.

Hombre de ideas, político precursor de la libertad, la democracia y la justicia social, humanista, gerente de la prosperidad y el bienestar público, servidor intachable, cuya gestión ha sido reconocida como una de las mejores (si no la mejor) y más ejemplares que haya conocido la historia de Venezuela, esposo apasionado, padre de dos hermosos venezolanos, Leopoldo López con su sacrificio y fortaleza moral nos reivindicó ante la historia y mostró que la virtud y el coraje son la realidad de la nueva Venezuela.

Sin comportarse como un monaguillo ni pretender serlo, tampoco como un demagogo que justifica su propia debilidad con argumentos populistas, firme practicante de la resistencia no violenta que tanta libertad trajo al mundo en el siglo pasado, Leopoldo López entendió que para rescatar a Venezuela de la tiranía y liberarla de la invasión cubana había que tener temple para el sacrificio y mostrar que no hay barrotes que puedan encarcelar nuestro honor como nación.

Leopoldo dio un paso corto hacia la infame cárcel, pero dio un paso inmenso ante la historia de Venezuela. Ofreció su libertad para alcanzar el despertar de un pueblo.

 

La cárcel y la luz del espíritu

La lucha en Venezuela es espiritual: el bien contra el mal; la honestidad contra la corrupción; la lealtad contra la traición; el valor contra la cobardía; la vida contra la muerte; la libertad contra la esclavitud; pero también la lucha es política.

Leopoldo está del lado correcto de la historia y sella el amanecer del siglo XXI con su ejemplo. Junto con su partido, Voluntad Popular, que ni se cansa ni perderá, han sido un relámpago de fortaleza espiritual en medio de la tiniebla chavista. No están solos, ni lo estarán.

Enfrentamos una tiranía y una imposición extranjera, hay que repelerlas. La aurora venezolana es un hecho histórico. Ni cerrando ventanas ni corriendo cortinas podrán ocultar la avasalladora luz que inunda todos los rincones de nuestra tierra.

La libertad se respira y se siente, está frente al espejo, mírala y sácala a la calle.

Gracias, Leopoldo, por tu virtuoso gesto, sigue reinventando a Venezuela con tus pensamientos y en tus escritos, que la cárcel haga florecer la inmensa luz de tu espíritu.

Mientras, nosotros tendremos gestos por tu liberación y por la de los presos políticos, seguiremos reinventando al país en las calles.

Nuestra victoria es segura, Dios nos abraza y guía, el bien vence.