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Ana Julia Jatar

Leopoldo López, Mandela y el mundial

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“Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión:
“Artículo 2: Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole”.
 
Declaración Universal de los Derechos Humanos
10 de diciembre 1948


Este fin de semana se acaba el Mundial de Fútbol y se termina esa cuasi realidad televisiva en la cual las reglas del juego se cumplen. Hasta Brasil perdió por paliza y nadie salió a decir que el resultado era “de mierda” como dijera Chávez. Leopoldo López metido en una celda y aislado del mundo y su familia, no pudo ver ni un solo partido. ¿Por qué? Una pregunta banal puede disfrazar verdades trascendentes, que vale la pena desnudar.

Pero antes permítanme una nota personal. Con mis años me acompaña la manía de escribir como si hablara con mis panas. Confieso que se me ha clavado en la mente y en la piel una suerte de angustia multisensorial desde el momento en el cual Leopoldo se entregó al régimen que nos oprime. Me persigue el fantasma de su imagen en la cárcel de Ramo Verde. Amigos, ese lugar es horrible y lo conozco por la triste experiencia de visitar en varias oportunidades al general Usón, quien fuera también durante cinco años otro preso político de este régimen. He estado en esa prisión y sé exactamente cómo se cuela en cada uno de los sentidos su miseria: cuando llegas los guardias te hacen sentir su poder, ahí huele a húmedo y a desgracia humana: esa que han destilado sus verdugos.
En Ramo Verde hay poca luz cuando la hay, y se imponen paredes amarillentas con rejas que solo se abren por órdenes de quien no tienes el gusto de conocer. Se escuchan ruidos de miedos ajenos... y propios. En la noche, tal como me dijeran los presos, se cierran las rejas y no hay nadie con quién hablar, solo silencio y oscuridad. Es una pocilga que algunos, en su ignorancia, llaman “cárcel VIP”.

Este régimen ha encarcelado a dos Leopoldos y con ellos a gran parte del país con el cual me identifico. Está preso el Leopoldo amante de la libertad de pensamiento y que tendrá la oportunidad de decir lo que piensa si, como dice el padre Ugalde, no le faltamos el respeto a nuestra gente hablando de las elecciones de 2019. Y también está en cadenas el Leopoldo deportista, ese que llena sus pulmones de oxígeno mientras practica el deporte que le gusta, y que algún día volverá a ver el sol y a respirar el aire fresco. Yo, devota de las dos libertades, entiendo en su totalidad el inmenso sacrificio de su encierro voluntario y me duele.

Leopoldo López sigue preso porque en Venezuela se violan los derechos humanos con la alcahuetería de la OEA y la indiferencia de tantos, dentro y fuera del país. Al igual que miles de venezolanos, Leopoldo es víctima de discriminación política. Como Mandela, Leopoldo enfrenta un reto ante la historia. Mandela se reveló contra la discriminación racial hasta que el mundo lo entendió. Le toca ahora a Leopoldo hacer lo mismo contra la discriminación política.

Vamos a estar claros, si Leopoldo estuviese preso por ser de raza negra, o musulmán, o judío, o mujer, o indio Atahualpa un homosexual, el mundo entero se hubiese hecho eco de la injusticia. Y voy más allá: si Leopoldo fuera miembro del partido comunista del planeta Marte, ya hubiesen salido al unísono los gritos desesperados de las viudas de Fidel desde Brasil, Argentina y Chile pidiendo justicia, las mismas que cuando van a la isla se niegan a reunirse con la disidencia política del régimen cubano y le besan la mano a los Castro.

Y es que América Latina se debate entre respetar los derechos establecidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 o rendirle pleitesía a un antiamericanismo infantil que traiciona el derecho de los cubanos rindiéndole pleitesías al comunismo de los Castro. Es difícil de entender, pero esa es la realidad, y Leopoldo López está preso porque ese debate no se ha resuelto.

En mi opinión, para que América Latina se incorpore a la modernidad política, tiene que entender que su pecado ideológico original es Cuba: debe romper con ese régimen, denunciar su opresión y defender al pueblo cubano y no a sus opresores.

Pero soplan buenos vientos: mientras el gobierno de Maduro cometa más violaciones y tenga menos chequera, mayor será la posibilidad de que América Latina llegue a ser como yo siempre la imaginé.

En el próximo mundial escribiré desde una Venezuela libre.