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Enrique Tejera París

Lenin y la Administración Pública

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Ahora que el devenir comunista nos trae un cubano técnico en administración, adiestrado en la Unión Soviética y en Cuba, conviene recordar las preocupaciones de Lenin por la reforma administrativa que adelantaba su gobierno.

Lenin era pragmático o, traduciendo lenguaje socialista, predicaba el realismo revolucionario.  Por eso, insistía en seguir las prédicas industriales del ingeniero Frederick Winslow Taylor, a quien Lenin admiraba por su organización Científica del Trabajo, por sus esfuerzos por aumentar la productividad horaria de los trabajadores (Leninski Sbornik, Vol XXXVI, páginas 31, 38.  Vol. VIII, cit. Sochineniya, 2ª Ed, Vol. XXVII, pág 302).

Lenin predicaba también el gobierno colectivo, por consejos, como los estadounidenses, con sus burós, comités, seminarios y administraciones, con su doctrina de reducir en buscar la simplificación del trabajo y de la administración más que en crear oficinas.

Lenin se desesperaba con la necedad de sus compañeros que, no pudiendo prescindir de la burocracia zarista, se contentaban en crear y recrear cargos y oficinas, inventando, para cada secular empleo, un nuevo nombre rojo rojito, como llamar a los ministros comisarios; y a los ministerios, departamentos.  Y al Soviet (consejo) de su majestad, Soviet (consejo) de la Unión Soviética.  ¡Todo el poder a los consejos!

Y los burócratas seguían yendo a los departamentos con sus uniformes zaristas, porque había gran escasez de tela para cambiar de atuendos

¡Más! ¡Pero más! De lo mismo, parece ser el sino de las revoluciones.  ¡Qué difícil es progresar! Lenin, desesperaba: “Aumenten la productividad”, “Aprendan socialismo de los grandes organizadores del capitalismo, de los trust”; pero “un solo gerente para cada planta” “salario por pieza, por resultado” “no robar, no flojear”, “gobierno por consejos, eficacia como de ferrocarril prusiano, tecnología americana y organización de trust”, más la educación de las escuelas públicas americanas, etc, “más socialismo igual” (Leninisky Sbornik, Vol. XXXVI pp. 31-38) Y, sobre las bibliotecas de Petrogrado, como en Suiza y Estados Unidos, abiertas de 8:00 am a 11:00 pm) Ni citar sus diatribas en el Congreso de mineros en enero de 1921, sobre organización del Partido, todas del mismo tono realista.

Lenin quería “implantar un nuevo estado de trabajo” e insistía en la escogencia del personal, en buscar talentos: “Es necesario, estudiar a la gente y buscar entre ellos funcionarios capaces”. Que fueran o no del partido y, cuando el director del acueducto, Oldenborger, que trabajaba allí desde 1894, se suicidó  desesperado, Lenin se indignó y citó otros ingenieros y especialistas técnicos asesinados: “El objetivo de la próxima purga del Partido serán los comunistas que se imaginan que pueden ser ejecutivos… (pantalleros) los ladrones. Hay que expulsarlos… y a los que abusan de ser militantes en detrimento de la administración eficaz”.

Los incompetentes organizaban y desorganizaban oficinas, ministerios enteros.  Era cuestión de “cambio”.  Y Lenin indignado escribió: “Lo esencial, en mi opinión es… (pasar) de escribir decretos y decisiones (en lo que nuestra locura llega a la idiotez) a la escogencia de personal y en verificar el cumplimiento de órdenes”… “En nosotros todo se ha hundido en la moda de departamentos… Departamentos son excremento. Decretos son excremento”. (Lenin, Obras, Vol. XXVII, pp. 156.165).

En mi próximo tomo de memorias (el quinto) explicaré cómo y cuándo llegué a encontrar esa citas. Buscaba paralelos de Betancourt con Lenin, y las encontré también con Foch: “Un chef no doit rien faire; tout faire; rien laisser faire”. “Un jefe nada debe hacer; todo hacer; y no dejar hacer”.  Y recuerdo a Gustavo Herrera: “¡Responsables! ¡Responsabilizar! ¡La administración es papel y más papel, para que consten los responsable, buenos o malos!”

El señor Orlando Borrego ha llegado a Venezuela, como experto, con el prestigio de técnico extranjero. Esto le da fuerza, porque le harán caso, es un “importado”, viene con prestigio. El experto extranjero tiene más suerte que el experto local. Lo sé, porque yo también fui técnico extranjero, de Naciones Unidas. Me ayudaron sus bibliotecónomas, trabajando como quería Lenin, ¡pero día y noche! Pontifiqué en 16 países y lo digo con temores y con humildad, porque también lo fueron ¡Prieto, Oropeza, Mayobre, Peñalver y diez más!  Deseo suerte al recién llegado porque, lo que logre de bueno, se lo agradecerán los técnicos del próximo gobierno. Y quizá los gobernantes, que raras veces usan esa profesión tan ingrata, la de consejero.

En Venezuela, desde 1830, hay gente que viene buscando algo que no existe: “Un presidente que se deje aconsejar” y eso, no existe. Churchill mismo le respondió, irritado, a otra colega ilustre del parlamento: “My Lady, yo siempre estoy dispuesto a aprender. ¡Pero detesto que traten de enseñarme!”

Quizá debemos encontrar de nuevo algún presidente que al menos sepa pedir consejo. Sería un gran adelanto político, otro ejemplo al mundo de los que dio Venezuela, porque, como Lenin, tenían, sin temor a extranjerismos, “savoir faire”, “know how”, ese instinto que distingue a los maestros de obra.

Venezuela ha tenido un exceso de gobernantes notorios, fabricantes de ministerios y de deudas, redistribuidores de provincias y estados, perínclitos dictadores de decretos.  Pero ha tenido también gobernantes ejemplares y cuya administración y honestidad bien reconocidos fueron en el mundo.  Hasta dictaduras tuvieron eficiencia en obras y la gran reforma hacendaria y administrativa de Cárdenas, fue hace un siglo. A los técnicos que nos auxilien recordémosle que, aunque los venezolanos se dedican a la autodenigración, hubo quinquenios en que Venezuela se daba como gran ejemplo.