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Rodolfo Izaguirre

Leer un número

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Se dice que Gustave Flaubert aprendió a escribir primero que leer. A mí, por el contrario, me costó mucho aprender las dos cosas porque tenía que aprender primero a deletrear y luego a algo estúpido que se llamaba “decorar” que era leer por sílabas. En resumen: se trataba de una tortura similar a la de aprender de memoria la tabla pitagórica en tiempos en los que reinaban las humillaciones y castigos corporales como arrodillarse en los rincones del aula o recibir los golpetazos de la regla, es decir, golpes en las palmas de las manos que las maestras inflingían con cierto sadismo y tácita aprobación de nuestros propios padres.

Aprender los números resultaba igualmente un suplicio. Llegábamos a contar hasta veintiséis, veintisiete y decíamos: “y así, sucesivamente, hasta llegar a mil”. Y la cifra de mil era mágica porque aludía al infinito numérico. Tengo un amigo que en su fe de vida finaliza diciendo: “Ha escrito mil artículos” y no mil ciento cuatro o novecientos tres porque mil revela el esfuerzo increíble de una sorprendente tenacidad y perseverancia en escribir. Se acostumbra decir: “¡Mil gracias!”; antes se decía simplemente: “¡Un millón!” 

Los números ejercen particular fascinación en los simbolistas. Cirlot dice que ellos no son expresiones meramente cuantitativas sino ideas-fuerza con una caracterización específica para cada uno de ellos. Cero es el no ser misteriosamente ligado a la unidad, como su contrario y su reflejo; símbolo de lo latente y de lo potencial es el “huevo órfico”. En la existencia, simboliza la muerte como estado en el que las fuerzas de lo vivo se transforman. Como círculo, es decir, por su figura, simboliza la eternidad. Uno, es símbolo del ser; dos, es eco, reflejo, conflicto y contraposición; tres, es síntesis espiritual; cuatro, símbolo de la tierra, es el cuadrado, y el cubo, la cruz de las estaciones. Cinco, es símbolo del hombre, de la salud y del amor. Seis, ambivalencia y equilibrio, y así sucesivamente... teniendo especial cuidado con el 666 porque es número diabólico: es el número de la “bestia”. Afirman también que el exceso de ceros indica manía de grandeza.

Pero están también los exquisitos miedos metafísicos de Malte Laurids Brigg, de Reiner Maria Rilke publicados en 1910: “El miedo de que esta miga de pan sea de vidrio al caer y se rompa”; “Que una cifra comience a crecer dentro de mi cerebro y no haya espacio para contenerla”. 

Hace diez y siete años comenzó a activarse la corrupción administrativa bolivariana. Estoy por apostar que no hay un solo funcionario que no haya escamoteado dinero al tesoro público. “Ser pobre es bueno”, dijo el comandante convertido después de muerto en pájaro cantor, pero amasó personalmente una buena fortuna. El que menos, ha inscrito su nombre en los papeles de Panamá, tiene un yate fondeado en alguna ensenada, guarda dineros secretos en Andorra o en cualquier otro paraíso fiscal y dos sobrinos de la primera combatiente haciéndose pasar por diplomáticos surcaban alegremente el mar antillano a bordo de un catamarán con ochocientos kilos de cocaína. Y esta nueva cifra añadida a la suma de todo lo escamoteado, regalado, dilapidado, obtenido en negociaciones fraudulentas, abusos de contraloría, sobreprecios y comisiones, sigue creciendo en mi cabeza y ya no hay dentro de ella espacio para contenerla y lo peor, no sé como escribirla con letras, porque se trata de millares de millardos, es decir, millones de millones, una larga serie de ceros alineados a la derecha de cualquiera de los números que, ya sabemos, no son meramente cuantitativos sino ideas-fuerzas; abyectas manías de grandeza. 

Hay, sin embargo, otras cifras que pueden ser escritas en letras sin mayores dificultades o sin ninguna dificultad tal como ellas fueron obtenidas. Me refiero al millón ciento dos mil doscientos treinta y seis firmas recogidas en una sola jornada para revocar el mandato de Nicolás Maduro: cinco veces más de la suma requerida. Y si no fuese suficiente sé escribir también la cifra de las firmas ya auditadas y listas para ser consignadas por la Mesa de la Unidad Democrática al Consejo Nacional Electoral para obligar a una tal Tania D´amelio a ser un poco más seria y responsable: dos millones trescientas un mil novecientos cuarenta y cinco cifras que son fáciles de escribir. Pero hay otras cuya aflicción, llanto y penuria cuestan demasiado dolor y desesperanza nada fáciles de reseñar o desvanecer: los cadáveres amontonados cada fin de semana en la morgue mostrando señales inequívocas de muertes violentas, los niños que mueren en las maternidades porque las salas quirúrgicas están contaminadas, los enfermos que mueren por carecer da medicinas o tratamiento adecuado; el vértigo con el que asciende día a día la inflación que devora la cifra exigua de la cesta que no alimenta; el infierno carcelario y las muertes terribles; la indignidad de las colas para comprar el paquete de arroz..... Son hechos y situaciones que pueden contabilizarse, cifras que nutren el horror estadístico pero que no logran registrar o documentar el estupor, la angustia, la ausencia de ilusiones, el destierro amargo de nuestras alegrías. Sé escribir por ejemplo las siete mil trescientas cincuenta y seis entradas de pitcheo de Cy Young en las Mayores; los dos mil cuatrocientos cincuenta y un ataques a la prensa por parte del chavismo.

¡Venezuela no es un bello país! En la hora actual es un lugar yermo, desolado, ahogado en llantos funerarios, víctima de depredadores impunes y rapaces.

Me costó mucho esfuerzo y sufrimiento, siendo niño, aprender de memoria la inocente tabla pitagórica. ¡Pero hoy me asusta esta cifra criminal que no sé cómo se escribe pero que sigue creciendo dentro de mi cabeza sin que haya espacio en ella para contenerla...