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Miguel Ángel Cardozo

Lecciones aprendidas y tareas para el 2015

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Es cierto que Venezuela, vista en el contexto internacional, no fue en la segunda mitad del siglo XX un país descollante, pero pese a los errores y omisiones de los cuarenta años de democracia –o quizás más bien producto de ellos–, a finales de aquel período la sociedad venezolana –principalmente la llamada clase media de entonces– había empezado a entender que un sustantivo incremento de la producción nacional de bienes y servicios, tanto novedosos como de calidad –y no solo para el autoabastecimiento sino para la consecución de otras formas de relevante participación, además de la petrolera, en el mercado global–, era la mejor forma de construir sólidas bases para un auténtico desarrollo.

Ello, por supuesto, implicaba avanzar mucho más en diversas áreas, sobre todo en educación, en ciencia, tecnología e innovación, y en emprendimiento; y aunque en la última década de ese siglo no dejaron de sucederse las dificultades, incluyendo una importante crisis financiera y unos ínfimos precios del barril de petróleo venezolano, tampoco dejó de haber en el país una modesta pero sostenida expansión de la universidad pública y privada, una creciente producción de conocimiento y de novedades y mejoras, y un notable incremento de iniciativas empresariales con un alto potencial de crecimiento e internacionalización.

Pero pronto sobrevino la roja catástrofe como resultado de una ciega creencia en vacuas promesas y el rápido retorno al pensamiento rentista; este último, claro está, promovido de una manera distorsionada para empobrecer y hacer dependiente a toda una sociedad con la aviesa finalidad de facilitar su sometimiento al dominio de una nueva y voraz oligarquía; una inefable casta interesada tan solo en su perpetuación en el poder.

Como consecuencia, además de haber vivido la nación uno de sus más oscuros períodos, se inicia hoy un año en el que para esta se vislumbra la peor de sus crisis, sin que exista un solo indicio que haga entrever un sincero –aunque ya tardío– propósito de enmienda por parte de los corresponsables de la debacle.

Lo más lamentable es que hayan tenido que transcurrir 16 años de oprobios, penurias, aflicción y muerte para entenderse nuevamente lo que en 1998 parecía una lección aprendida: que es la producción nacional –a gran escala– de bienes y servicios de diversa índole, la llave que puede abrir las puertas del desarrollo del país.

La diferencia es que a esa lección se añade ahora otra: sin libertades plenas no hay manera de impulsar dicha producción –y queda claro que los mezquinos intereses de la colorada oligarquía criolla son contrarios a las aspiraciones de libertad de la inmensa mayoría del pueblo venezolano–.

Por supuesto, a quien nunca confundió el espejismo socialista del siglo XXI, lo uno y lo otro le pueden parecer perogrulladas, pero explicitar esas verdades, de modo tal que pasen a constituirse en la gran fuerza impulsora de los cambios que se requieren para que el país comience a transitar a pie firme –y para nunca más retroceder– la ruta del mencionado desarrollo, será el gran reto en este año 2015.

De la inmensidad de lo que tocará padecer a los venezolanos en los próximos meses, quedan pocas dudas, pero en vez de asumirse una actitud pusilánime ante esa realidad, hay que esforzarse por desempeñar un papel protagónico en el proceso de transformación de la nación, dado que si esto no lo hace la mayoría decente y con vocación democrática de la sociedad venezolana, tal rol lo asumirá una vil minoría que se asegurará de que ello favorezca su inicuo proyecto de país.

Es hora entonces de que se tome con verdadera seriedad el tema de la unidad de quienes desean una Venezuela honesta, próspera y rebosante de oportunidades; una Venezuela en la que una adecuada alimentación, una educación de clase mundial, una atención sanitaria oportuna y de calidad, y un poder adquisitivo que permita obtener tanto una vivienda digna como bienes y servicios elegibles entre infinidad de opciones, estén al alcance de cada venezolano; una Venezuela en la que la palabra “justicia”, por condenables actuaciones, no denote iniquidad y maliciosa tergiversación.

Esa Venezuela exige de nosotros un mayor compromiso con la causa democrática; un compromiso que de no ser debidamente asumido en este 2015, será el doloroso recuerdo de una oportunidad perdida para desgracia de futuras generaciones.

Que ni por un instante se pierda de vista que si bien este nuevo año trae consigo enormes adversidades, también se muestra favorable para un definitivo cambio de rumbo del país.

Tal oportunidad no se puede desaprovechar.

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

@MiguelCardozoM