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Raúl Fuentes

Lección de ajedrez para principiantes

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Probablemente, porque la subjetividad suele privar sobre la objetividad, ninguna historia sea totalmente verídica. Ningún testigo relata los hechos como sucedieron sino como los percibió o como quiere que se recuerden, y ello explica la diversidad de interpretaciones a que está sujeto el pasado; pero hay una historia oficial que basa su certidumbre en la voluntad del poder para sacralizar fechas, atroces o fútiles, actos, en su mayoría infames, y hombres, por lo general villanos, a fin de ser inoculada como santa e inconmovible verdad en quienes se busca dominar. Para ello, los regímenes absolutistas y con vocación de perennidad hacen de cada ocasión con algún atisbo de significación subversiva oportunidad que ni pintada para armar un sarao y propagar sus dogmas. De allí que, como si el país no estuviese reclamando respuestas serias e inmediatas a problemas alegremente postergados –a ver, si por cansancio, los afectados por los mismos hacen caso omiso del asunto–, Maduro, cada vez más convencido de que su ilegitimidad quedó relegada al olvido, se hiciera presente, el pasado 4 de febrero, en el cuartel de la montaña para rendir culto a un muerto que hace ya bastante tiempo debería haber dejado descansar en paz, pero cuyo recuerdo evoca como comodín, bueno para todo uso, a la hora de escurrir el bulto y no asumir responsablemente su incapacidad para gobernar un país cuya presidencia no conquistó sino que le fue impuesta por la divina gracia del comandante eterno.

Como era previsible, cursilería y ruindad confluyeron en  triviales y chovinistas arengas que, de nuevo, dieron razón al doctor Johnson cuando consideró que el patriotismo era el último refugio de los canallas; y, como era también imaginable, los camisas rojas continuaron empeñados en glorificar sus indecorosos antecedentes al pretender vendernos una ficción de ayer con  vagas e inverosímiles promesas de mañana, para justificar la inmovilidad del sujeto que por boca propia –por la boca muere el pez– dejó entrever claramente que los zapatos de estadistas le quedan demasiado holgados. Por eso se aferra al fasto ceremonial de los recordatorios y a las pompas circunstanciales de actos simbólicos que le permiten figurar como jefe del Estado, aunque sea de ornamento o utilería.

Soy un mediocre jugador de ajedrez, un juego muy complicado para ser tenido como pasatiempo y demasiado entretenido para ser considerado arte, ciencia o tan siquiera oficio, y que algunos de sus detractores cuestionan por estimular un cierto talento que serviría, única y exclusivamente, para jugarlo. Pero siempre me han intrigado sus arcanos y nunca han dejado de fascinarme algunas de sus situaciones que parecen calcadas de la realidad: no en balde afirmó el ex campeón mundial, activista político y gran maestro Gari Kaspárov: “Veo en la lucha ajedrecística un modelo pasmosamente exacto de la vida humana, con su trajín diario, sus crisis y sus incesantes altibajos”. Un buen ejemplo es el jaque perpetuo.

Valiéndose de tan inelegante recurso, que consiste en la repetición ad eternum de jaques inevitables, un jugador puede forzar tablas en una partida en la cual posiblemente no tenga consigo las de ganar; un procedimiento similar al que nos aplica el gobierno con medidas efectistas, generalmente contraproducentes, y con sus permanentes amenazas que, sumadas a las del hamponato que ampara, nos mantienen en estado de alerta indefinida y con el juego aparentemente trancado porque, del modo que se están presentando las cosas en el damero político, Maduro pareciese estar en zugzwang, esa condición de fatalidad en la que para nada importa cuál sea su próxima jugada, pues ella conducirá inexorablemente a su derrota y, en honor a la sensatez, no le queda otra que abandonar. Renunciar, sí. Es lo que haría un buen contendor. Pero Nicolás no lo es, y yo he visto a más de un jugador darle un accidental manotazo al tablero con la esperanza de recomponer la partida.

Las malas artes del Ejecutivo, experto en ganarle tiempo al tiempo a través de toda suerte de tácticas dilatorias, el diálogo de sordos a la cabeza, han obligado, por fortuna, a los partidos agrupados en la MUD a replantearse los términos de la confrontación y a tomar posiciones que, sin fracturar la unidad –a falta de elecciones en el corto plazo–, buscan evitar un trébucher, es decir un zugzwang recíproco de gobierno y oposición. Mas, quién sabe, la necedad, al contrario de la inteligencia, no tiene límites y no faltará un tonto que prefiera rendirse a seguir batallando y abandone los peones a su suerte sin percatarse de que son, así se ha dicho, el alma del juego y, que se sepa, nadie que haya abandonado una partida ha cantado victoria.

 rfuentesx@gmail.com