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Eli Bravo

Lavado de cerebro

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inspirulina 07-04-2013

inspirulina 07-04-2013

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Una de las cosas fascinantes de leer es tropezarse con frases que te dejan mirando por encima del libro. Sobre todo si llegan de manera inesperada, tangencial, como si no tuvieran que ver con aquello que estás leyendo. Entonces es momento de tomar un lápiz y subrayar. O doblar la esquina de la página.

Me explico. En días recientes me encontraba entregado a Los incurables, el fascinante libro donde Federico Vegas explora el arte y la vida del pintor Armando Reverón. Su principal recurso narrativo es una entrevista apócrifa a Rafael Hutchson Sánchez, un psiquiatra de origen escocés quien dice haber conocido a Reverón mientras estuvo internado en la clínica San Jorge de Caracas. En una de las conversaciones, Hutchson confiesa haber trabajado junto a William Sargant, un psiquiatra aficionado a la sedación profunda y el electroshock que atendió a los soldados ingleses traumatizados por la II Guerra Mundial. Un científico cuya especialidad era el lavado de cerebros.

Y de pronto leo: “Sargant aseguraba que se podía implementar cualquier clase de creencia en una persona. Sólo hacía falta perturbarla con suficiente terror o rabia para dañar su criterio individual y crear un instinto de manada”. Inmediatamente perdí el hilo del libro. Por supuesto pensé en religiones, ideologías y política. ¿Qué tan susceptible es nuestra mente a tragarse una creencia y convertirla en  realidad?

Mucho. Y es así por diseño. Resulta ser que nuestro cerebro tiene la tendencia innata a dejarse llevar por insinuaciones a usar o preferir algo. Es lo que en inglés llaman priming: estimular la memoria inconsciente para que una persona piense o elija de determinada manera.

Para lograrlo existen muchos recursos. Uno de los más efectivos es el efecto de la ilusión de verdad, que consiste en la repetición constante de un mensaje: no importa si es verdadero o falso, por el hecho de sentirlo familiar y “haberlo escuchado antes” la mente tiende a considerarlo como cierto. Este es el poder de los slogans electorales y el argumento detrás de la estrategia de Goebbles durante los años del nazismo. Repite una mentira lo suficiente como para que el pueblo lo acepte como una verdad.

Otra de las características de la psique humana es su percepción selectiva. De esta manera se retroalimenta con argumentos que le resultan coherentes a sus juicios y toma con pinzas todo aquello que le es contradictorio. En esta “construcción de la realidad” la mente termina montándose la película que sus creencias le proyectan. Y cuando el fenómeno se contagia en una comunidad, el asunto adquiere dimensiones espectaculares: el criterio individual se sintoniza con el grupo. O si nos entendemos como mamíferos que somos, con la manada.

¿Existe alguna defensa ante estos lavados? Por supuesto que sí, comenzando por una conciencia despierta. Claro que el verbo despertar le resulta muy apetecible a los mismos intereses que buscan manipular el criterio (sean políticos, gurús o mesías de turno), pero en el fondo se trata de hacer un ejercicio simple y poderoso: ver la realidad tal cual es. Ahí es donde cabe la pregunta ¿Las cosas son realmente como me dicen que son? ¿Hasta dónde me arrastran las emociones y a dónde me lleva la razón?

Y mientras fraguo una respuesta vuelvo al libro de Federico Vegas. Fabuloso, porque entre otras cosas, usa la historia de un pintor enloquecido para reflexionar sobre la historia de un país que no termina de encontrarse. Quizás la frase no llegó de manera tangencial, después de todo.