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Leopoldo Tablante

La administración del maltrato

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Hace algunas semanas leí un ensayo del escritor Juan Carlos Chirinos en el que el autor se preguntaba sobre el mito de “Latinoamérica”, que para él es una categoría intelectual sobredimensionada y falaz. Discutible como pueda ser esta tesis, lo que más me interesó del ensayo no fue su punto central, sino una referencia a un artículo de opinión del año 2003 firmado por el historiador mexicano Enrique Krauze (“América Latina: los paradigmas de su atraso”), en el que el autor, a pesar de provenir del país con las más fuerte y consolidada cultura indígena de toda Hispanoamérica, asegura que el futuro del subcontinente depende de su parte occidental: “América Latina (…) no es una zona desahuciada para la modernidad por sus querellas tribales y sus maldiciones bíblicas, un desierto o una selva donde se entronizan el hambre, la peste y la guerra. No es África. América Latina no es una vasta civilización fanática y guerrera, opresora de la mitad femenina de su población, rumiando por siglos o milenios sus odios teológicos”.

El etnocentrismo del historiador mexicano nos da ventajas frente a las luchas tribales africanas, o al sexismo, religiosamente inducido, de los países musulmanes regidos por la ley sharia, punto ante el cual Chirinos recuerda lógicamente las violaciones y masacres masivas contra mujeres en Ciudad Juárez o las tendencias más bien violentas de la masculinidad hispana, en Europa y América. Yo recuerdo la guerra civil guatemalteca (con su catálogo de torturas y violaciones contra miles de mujeres indígenas), el dato histórico de nuestra proverbial inequidad socioeconómica y, en un ámbito más privado y cercano, el horrendo ultraje de Luis Carrera Almoina contra Linda Loaiza López, sin nombrar el machismo vergatario, espiritista o de cuerpo presente que nos ha gobernado desde 1999.

Krauze admite que América Latina es un continente violento, pero para el historiador mexicano esa violencia es repercusión del proteccionismo estadounidense a su propia industria agraria, que abandona a millones de campesinos latinoamericanos al hambre y los hace presa fácil de cualquier caudillo redentor o de los capos del narcotráfico. Puede que ese elemento fortalezca las frustraciones continentales, pero creo que la miseria latinoamericana es producto de varias fuentes complejas y propias: el temperamento patriarcal heredado del hidalgo y del capataz español, el convencimiento de que el temor y el castigo físico –de común administrados por el hombre− son eficaces herramientas pedagógicas, el caldo de rencores de masas indígenas sistemáticamente marginadas y la combinación de todos esos elementos en clases criollas cuyos espíritus atraen el lado más oscuro de nuestro relato histórico y hacen prosperar la interpretación del poder como ocasión de ventaja, venganza e intimidación.

Todo esto me recuerda una experiencia de la vida misma: era estudiante en París a mediados de los años noventa, en plena recesión económica del segundo gobierno de Rafael Caldera. Mi crédito estudiantil no había sido aprobado y yo había acudido al consulado de Venezuela para saber qué hacer. El cónsul de entonces llegó con un retraso de una hora. Me invitó a sentarme en su despacho. Argüí falta de dinero a pesar de que había sido aceptado en una universidad y de que mi escolaridad iba en curso. Es cierto, no había sido admitido en otra escuela a la que me había postulado previamente porque mi francés era macarrónico. Tras menos de cinco minutos de impaciente audiencia, el cónsul prometió enviar una carta a Venezuela, no sin antes decirme: “Tu problema, chico, es que te rasparon”. Aquel modo de zanjar la discusión espesó el suspenso del próximo año, agua con azúcar, una experiencia muy formativa, muy parisina. Me resigné pronto: el consulado venezolano sería ese lugar de visita obligatoria cada tanto donde, previo pago de la tarifa correspondiente, me expedirían un pasaporte vinotinto que me adjudicaba una nacionalidad sin paciencia, cordialidades o mayores garantías ciudadanas, ni aquí ni allá.