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Eduardo Posada Carbó

Latinoamérica y The Economist

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Descartaron el nombre de Simón Bolívar. También los del sabio alemán Alexander von Humboldt y el político brasileño Joaquín Nabuco. Igual suerte corrió el de la fruta de la pasión, la maracuyá. Macondo, el pueblo fantástico de nuestro premio nobel, Gabriel García Márquez, atrajo atención pero tampoco fue seleccionado.Los editores de The Economist, la famosa revista inglesa fundada en 1843, decidieron bautizar su nueva columna sobre Latinoamérica con el nombre de Andrés Bello (1781-1865), el intelectual más eminente de la región en el siglo XIX. Es una decisión acertada.La vida de Bello fue extraordinaria. Su obra, simplemente monumental. Nació en Caracas bajo la Colonia, y allí transcurrieron su educación y primeras experiencias laborales. El torbellino de la independencia lo condujo a otros destinos, seguidos con cuidado en la excelente biografía de Iván Jaksic, Andrés Bello: La pasión por el orden (Santiago, 2001).En 1810, Bello viajó con Bolívar a Londres en la misión diplomática que enviara la junta de Caracas en búsqueda de apoyo a los esfuerzos emancipadores. Se inició desde entonces su largo exilio. Vivió las siguientes dos décadas en la capital británica, donde soportó momentos de penuria. Bajo sospecha de simpatizar con la monarquía constitucional, Bello cayó en desgracia entre los círculos republicanos que lideraba Bolívar.Su destino cambió de manera drástica, tras aceptar una invitación que le hiciera el entonces gobierno liberal de Chile, a donde se dirigió en 1829. Una revolución dio al traste con sus anfitriones. Pero los pelucones conservadores que se tomaron el poder también confiaron en Bello, quien se convirtió en uno de los principales arquitectos y colaboradores del nuevo régimen, hasta su muerte en 1865.La obra de Bello cubrió las más variadas disciplinas: poesía, gramática, historia, educación, legislación civil, periodismo, derecho internacional. Temprano en Londres, ganó fama continental con su revista El repertorio americano, editada con el neogranadino Juan García del Río. Su Código Civil para Chile fue emulado por un buen número de países en la región. Su tratado de derecho de gentes fue una enorme contribución a la soberanía de nuestros Estados emergentes. Su discurso inaugural como primer rector de la Universidad de Chile es una pieza maestra para educadores.Bello fue un creador de instituciones que perduraron por encima de la voluntad arbitraria de poderosos líderes políticos, los caudillos. Es un legado de enorme relevancia actual, reconocido explícitamente por The Economist, al explicarles a sus lectores las razones que motivaron su decisión de adoptar el nombre del humanista venezolano.Importa revisar algunas de las objeciones de The Economist a los nombres descartados. Bolívar, porque a pesar de su gran liderazgo, su concepción del poder concentrado alimentó tradiciones autoritarias. Maracuyá, porque nos identificaría con la frivolidad. Macondo, porque proyectaría una “caricatura folclórica”, en contravía de la trayectoria moderna de Latinoamérica.La apertura de un nuevo espacio de opinión sobre Latinoamérica en las páginas de The Economist es de por sí una buena noticia. Más aún si la nueva columna lleva el nombre de Bello, en vez de tantos otros símbolos que nos condenan a vivir el estereotipo. La decisión de The Economist parece un acto de diplomacia cultural, aleccionador. Debería ser correspondido por la región. El nombre de Bello, advierte la revista, se habría olvidado fuera de Chile y Venezuela. Sería paradójico que su nombre fuese pronto más conocido por los anglosajones que por los latinoamericanos.