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Sergio Monsalve

Larga vida a los mutantes

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La creatividad se había esfumado de la cartelera de verano. Los tanques olían a naftalina. Nadie apostaba un centavo por los éxitos comerciales de la temporada. Uno a uno fueron cayendo como fichas de dominó ante el tablero de la crítica (Godzilla, Noé, Divergente).

Pero todo cambió con el estreno de X-Men: días del futuro pasado, digna película de su género y la mejor de la franquicia.

La dirige Bryan Singer, responsable de dos versiones de la serie, propiedad de la factoría Marvel.

La tercera experiencia del realizador en la saga destaca por varios factores: la narración de una historia compleja, el reto de articular a los diversos personajes del reparto coral, el hecho de filtrar un comentario político a través del tejido del guión, la forma de emplear los recursos técnicos, la manera de traducir el espíritu de una época (la década de los setenta), sin descuidar el sentido del humor.

El pecado original del sueño americano sigue ubicando su fecha de nacimiento alrededor de la víspera del escándalo de Watergate.

En el guión se libra una batalla por partida doble. El libreto desarrolla una estructura bipolar, entre un futuro distópico y un pasado traumático. El primero es consecuencia del segundo. Ambos se interconectan e imbrican a lo largo del metraje, cuya extensa duración no incomoda o molesta al público.  

El filme comienza cuando los mutantes deben repeler y enfrentar el asedio de un ejército de clones. Los robots amenazan con dominar al mundo como en Matrix, La guerra de las galaxias y Terminator.

Por tanto, evocando el artilugio de La máquina del tiempo, los protagonistas envían a Wolverine de regreso al año 1973, con el propósito de corregir el origen del problema.

Según el orden del relato conspirativo, las manzanas podridas son cosechadas al calor del síndrome de Vietnam.

Ante el fracaso de la guerra, se busca diseñar una armada invencible de soldados cibernéticos. El plan responde a las maquinaciones del villano de la trama, Bolivar Trask, interpretado por el Peter Dinklage de Juego de Tronos. Sus secretos militares serán vendidos al poder y causarán estragos en el mañana. Allí reside la nuez del mensaje pacifista y antibélico de la pieza.  Por supuesto, la resolución es harto predecible. De antemano sabemos quiénes salvarán a la patria, al mundo.

A pesar de ello, el filme alberga un contenido de interés por su irónica vinculación con el contexto de la debacle de la era Nixon. Así, la cultura del espectáculo propone su revisión pop de un período conflictivo para la memoria de Estados Unidos.

En paralelo, el autor rueda escenas mágicas y sublimes, celebradas por la audiencia. Es el caso del momento protagonizado por un chico veloz, una suerte de Flash (llamado Quicksilver), a la velocidad de la cámara lenta.  La gente ríe por la gracia posmoderna de la secuencia.

De igual modo, la conclusión sobresale por el acabado plástico de la imagen, de la fotografía en 3D.

Como defectos evidentes, percibimos la reiteración de ciertos clichés en el argumento (el drama con Mystique, por ejemplo), el sonido y la música.

Con todo, el saldo es favorable, dentro del ámbito del cine de acción, de género, de ciencia ficción.

Al final, la moraleja es la de siempre para la mitología encabezada por Magneto y el profesor Charles Xavier. Aunque es historia conocida, uno la agradece porque se pretende imponer la intolerancia como método. En última instancia, los diferentes, los disidentes merecen su espacio. 

Larga vida a las especies mutantes.