• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Raúl Fuentes

Laberintos y callejones

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Probablemente lo único que tengan en común John Katzenbach y Octavio Paz sea su oficio: ambos son escritores. El primero es, además de periodista especializado en temas judiciales, un exitoso autor de thrillers que suelen trepar con rapidez a los primeros puestos de la lista de libros más vendidos de The New York Times y convertirse en materia prima de la industria cinematográfica, la cual ha versionado –con aceptación superior a la media por parte de crítica y público– al menos tres de sus obras; del segundo, escritor de tono mayor, laureado con el Premio Nobel de Literatura, que abordó diversidad de asuntos y vastedad de géneros, nada podemos agregar a lo ya se ha dicho con erudita suficiencia sobre su obra, en especial ahora que acaba de cumplirse el primer siglo de su nacimiento.

La convergencia de estos nombres en estas líneas no es fortuita. El americano, que conoce al dedillo los sórdidos ambientes en cuyos recovecos se alojan por igual infractores y defensores de la ley, nos impresiona, en su entretenida novela El psicoanalista, con una afirmación sin desperdicio y que, al leerla, de inmediato vinculamos por contraste con la ineptitud de los panegiristas del chavismo bolivariano: “Hacer que una mentira parezca real es complicado. Exige planificación”. Pero aquí y ahora manda la desesperación y campea la improvisación. De allí la catajarria de mensajes chambones, amarrados a un mito sin consistencia, con que el oficialismo da la razón a Katzenbach cuando este arguye que “todo el mundo niega siempre haber obrado mal. No lo hice, no lo hice, no lo hice… Hasta que los hechos y las circunstancias son tan evidentes que ya no pueden mentir más”. Estas frases justifican plenamente la comparecencia del citado autor a esta página, pues nos permiten entender cómo Maduro, sin el auxilio de un hilo de Ariadna que lo guíe por el tortuoso dédalo de embustes, omisiones y medias verdades en el cual se encuentra aprisionado, se ha puesto él mismo en solfa y ha embrollado al país al punto de que –lo demuestran encuestas de data reciente– la mayoría de los ciudadanos no solo desconfía de su gestión, sino que aboga por su remoción.

Por su parte, Octavio Paz, creador inmenso y pensador profundo, camina como Pedro por su casa en el Laberinto de la soledad y advierte que “toda dictadura, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo”. Una observación que hace el autor del Mono gramático a propósito de la matanza de Tlatelolco y, por eso, la complementa diciendo que “México y Moscú están llenos de gente con mordaza y de monumentos a la revolución”; el buen entendedor no necesita se le señalen semejanzas con esta, nuestra realidad, donde el caporal tira la piedra, esconde la mano y llama al diálogo y al entendimiento, mientras se decanta por el monólogo y la confrontación.

Dijimos que no era casual la concurrencia de esos dos nombres, uno ligado a la millonaria industria del best seller y otro al menos rentable de la poesía y el pensamiento crítico, porque desde ópticas supuestamente dispares podemos apreciar un determinado estado de cosas sin que se produzcan duplicidades. Katzenbach se refiere a la complejidad que entraña transformar lo falso en verdadero y que no impide que esa práctica, pontificada por Goebbels, sea moneda de uso corriente; Paz sentencia que “la propaganda difunde verdades incompletas, en serie y por piezas sueltas” para desarrollar la idea de que, más tarde, “esos fragmentos se organizan y se convierten en teorías políticas, verdades absolutas para las masas” para colegir que “el terror obedece al mismo principio. La persecución comienza contra grupos aislados –razas, clases, disidentes, sospecho­sos–, hasta que gradualmente alcanza a todos”.

Nos apoyamos en las aserciones de dos escritores de distinto u opuesto registro para interpretar una realidad concreta que, desde el poder, no es que se perciba de modo divergente, sino que se la niega para tratar de imponer una verdad oficial que, cuando abundaban los cobres, se elaboraba calculando que había suficiente pan para hacerse de lealtades; hoy, cuando el pan no llega a la mesa, esa falsa verdad se sustenta en la censura, la represión y la criminalización de la protesta. Hoy no estamos en un laberinto “perplejo y sutil” como lo imaginó Borges, sino en un lóbrego y atroz callejón sin salida adonde nos condujo la falta de imaginación de un advenedizo que nos quiere presas fáciles de esos camisas rojas que asesinan con frialdad porque, como escribe Mara Comerlati parafraseando a Gonzalo Barrios, “no tienen razones para no hacerlo” y, también, porque se responsabilizará de sus fechorías a los muertos, pagapeos habituales y favoritos del oficialismo.