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Luis Pedro España

La única esperanza

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Al igual que la mitad constatable del país, somos de aquellos que adversan al Gobierno. Por adversarlo deseamos que cambie, pero por no estar en desacuerdo con lo que hace no se le desea ningún mal. Sólo que deje de gobernar, que la nueva mayoría trate de resolver los problemas que ellos no resolvieron y, si lo desean, que sigan siendo una referencia política para el país que los apoya. Quizás alguna otra vez sean mayoría.

Por ahora, lo más saludable para todo el país es que los compatriotas se vayan a las duchas, tomen un descanso y mediten sobre sus errores. Está bastante claro que después de 14 años, y luego de haberse gastado casi 1 millón de millones de dólares petroleros, tal y como están haciendo las cosas no se van a resolver los problemas económicos y de inseguridad, y mucho menos vamos camino al desarrollo.

No hay ninguna otra forma de cambiar y, por lo tanto, de que cambien las políticas y sus orientaciones, sino por medio del voto. Un ejercicio con dificultades y trabas de todo tipo, muchas ventajas por parte de quienes están en el poder, hasta mostrarnos de manera obscena que en ese terreno la competencia no es ni será paritaria.

Listar el porqué de esta situación, además de trillado, tiene su componente especulativo y alarmista que está muy lejos de animar; por el contrario, desmerece del único recurso que tenemos: el voto.

La lección de todos estos años ha sido que esa arma sirve, funciona y logra los cambios, siempre y cuando sea contundente. Tipo paliza. Inmensas derrotas es lo que permite que el arma del voto, en manos de la oposición, funcione. Independientemente de si eso está mal (como evidentemente lo está), esas son las reglas (informales y torcidas) con las que hay que jugar, no porque se justifiquen, sino porque son las únicas. Las otras seudoposibles, esas en las que está pensando algún lector radicoso, sencillamente no existen y son precisamente las que el Gobierno desea que usted crea.

Cada cierto tiempo llegan esos correos tipo cadenas que igual que ilusionan a incautos que creen que Bill Gates va a compartir su fortuna si reenvías el correo, o que una viuda de algún país africano te va a depositar unos reales porque le urge sacarlos de su país, de igual forma llegan otros, casi en el mismo racimo de los anteriores, invitando a que no te dejes manipular ni permitas que negocien con tus valores, ni legitimes al régimen votando en las próximas elecciones.

Cientos de infantilismos políticos recorren las redes sociales y los correos electrónicos tratando de destruir la única arma que tenemos y cambiarla por otras que son mitad mágicas, mitad místicas, y que supone, como cualquier movimiento de agitadores del siglo XIX europeo, que basta con que se arme un zaperoco para que ocurra el cambio, o que se rece bastante para que ocurra un milagro.

Militar en ese movimiento, hacer comparsa de esos lugares donde se refugian los autoritarios es convertirse en cómplice involuntario de quienes, lejos del cambio, lo que ansían es la perpetuidad de una opción política a la que dejó de sonreírle la popularidad y por ello está a un tris de abolir el voto y sustituirlo por comunas, asambleas de aplaudidores o comités de designados, tal y como nada subrepticiamente está escrito en las leyes que tienden a crear el Poder Comunal.

De allí la preocupación que debemos tener por la caída de credibilidad del CNE después de su triste papel en las elecciones del 14 de abril y, lo que es peor, que nada o poco parece importarle.

Nos toca a nosotros, a los que creemos en la democracia, la pluralidad y la alternancia en el poder, reivindicar el voto, aunque eso al Gobierno ya no le convenga. El voto es la única opción de futuro, así desguañingado y todo, es nuestra única esperanza.