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Sergio Dahbar

El don ha muerto

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Hay finales y finales, diría Raymond Chandler. Despedirse bien es algo que uno siempre quisiera para dejar atrás un trabajo, alejarse sabiamente de una relación amorosa agotada, o cerrar un buen libro que supo emocionarnos… A veces tenemos suerte, otras no.

El azar quiso que la culminación más esperada de la serie Los Soprano ocurra fuera de cámara, en Italia, donde falleció el actor James Gandolfini, con 51 años, sacudido en su inmensidad por un ataque al corazón. Tony passed away.

Dijo adiós uno de los personajes más paradójicos de una serie televisiva que sin duda compite por estar en el Olimpo de las mejores creaciones de la cultura norteamericana.

Algunos críticos incluso colocan Los Soprano entre las 10 películas de todos los tiempos. Con la curiosa extravagancia que compite en esa categoría con 4.300 minutos, y que nunca fue exhibida en la oscuridad de una sala.

El personaje que acaba de despedirse del mundo, portero de un club nocturno en Nueva Jersey, era un ser humano que lo sabía casi todo sobre Aristóteles, El arte de la guerra y la experiencia que hizo posible La Ilíada y La Odisea.

David Chase, el creador, entendía que las buenas historias ostentan proporciones griegas. Ésta era una compleja sobre “un coloso frágil, cruel y contradictorio… un titán desmedido, bello y repugnante”. Cabe mejor descripción para un pater familias.

Recordemos algunas de las frases inmortales del personaje que interpretó James Gandolfini. “Mi padre estaba en ello, mi tío estaba en ello, mis amigos estaban en ello. Tal vez fuera demasiado vago como para hacer otra cosa”. O: “Me da igual que me tengan miedo. ¡Dirijo un negocio, no un puto concurso de popularidad!”.

También dijo cosas como esta: “¿Te acuerdas de aquella historia que me contaste sobre el toro que hablaba con su hijo? Desde lo alto de una colina miran unas vacas y el hijo le dice al padre: ‘¿Por qué no bajamos corriendo y nos tiramos una?’. ¿Te acuerdas de lo que el toro contesta? ‘¿Por qué no bajamos andando y nos las tiramos todas?”.

El punto ciego de Los Soprano es que el espectador termina seducido por el mal, siente simpatía por el diablo, que en este caso es Tony Soprano, un gordo que come, hace el amor, bebe y fuma como cualquier mortal, pero sin restricciones. Su garantía es ilimitada: nunca se rompe.

Cacique implacable, se deprime cuando los patos huyen de su piscina hacia otros territorios. Entonces visita una psicoanalista. No esconde jamás su rabia. Le da una paliza a un concejal de Jersey porque ha salido con una de sus amantes. El crítico Noël Carroll lo relaciona con el linaje de Ubu rey, “el Ello desenfrenado”.

Cierta especulación feminista aseguraría que Tony es la realización simbólica de fantasías reprimidas de los espectadores. Sueñan con comportarse como él, porque en la pantalla no tiene límites y hace lo que quiere y navega entre tiburones (policías, su esposa, su propia familia mafiosa) con impunidad.

Aquí cabe un punto de inflexión: Tony Soprano ya es lo que muchos espectadores son. Un ciudadano de Nueva Jersey que lidia con termos de agua que se echan a perder; hijos que se rebelan y gritan; parientes ancianos que dan trabajo; esposas que reclaman todo lo que reclama una esposa; y familiares que se vuelven autoritarios de repente.

Los Soprano es un hueco negro en nuestras vidas. Buscamos demasiadas explicaciones que nunca coincidirán con las piruetas que dieron los guionistas mientras escribían los capítulos de la serie. Lanzamos interpretaciones que se quedan cortas, largas o fuera de foco.

Como confirma Noël Carroll, Los Soprano representa un punto intermedio entre aquella serie sobre la prohibición del alcohol, Los Intocables, y una comedia de situación. Entre Tarantino y una tragedia sentimental. Entre la atracción impúdica por la pornografía y los pliegues relajados de la vida doméstica.

¿Y aquí pregunto –con Umberto Eco– si Los soprano no invoca el fantasma de la película Casablanca? Por ambas creaciones corren diferentes géneros populares: películas de mafiosos y comedias, dramas familiares y telenovelas… Un espejo fascinante e interactivo donde todos pueden identificarse a cierta hora del día.

Lo terrible es que el Don ha muerto.