• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

La luna de Larry Talbot

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Durante meses muy cerca de mi casa estuvo tendido sobre trozos de cartón un indigente que apenas se movía y al que alguna gente le ofrecía de comer. Se adivinaba que bajo la mugre latía el corazón de un hombre joven, moreno, al que nunca se le escuchó decir una palabra. Tampoco se le vio levantarse y entrar en movimiento. Permanecía inmóvil, una masa informe, un despojo que terminó confundido con su miseria en el rincón que lo albergaba. Con el tiempo, dejó de ser motivo de atención o curiosidad de los pasantes o de la autoridad porque jamás vinieron de la alcaldía a recogerlo o de algún hospital para cuidarlo. A veces parecía despertar y miraba a su alrededor con ojos muy grandes, pero nada en este mundo parecía tocarlo.

Nunca imaginé que aquel muchacho devastado por la enajenación y el vacío, aniquilado tal vez por la droga o la miseria iba a remover y acercar a mi memoria el nombre y la figura de Larry Talbot, justo en el momento en que la luna resplandecía a medio cielo y yo despedía en la puerta de mi casa a unos amigos después de una prolongada sobremesa. En ese instante me acordé de Larry Talbot porque vi la luna inmensa y llena; la fúlgida luna de la canción de amor. La señalé y dije a mis amigos en tono muy conocedor: ¡La luna de Larry Talbot! y al constatar el estupor en sus miradas comprendí que no sabían a quién me estaba refiriendo y expliqué que Larry Talbot es el Hombre Lobo, un chico de buena familia víctima de un maleficio que lo convierte en fiera ávida de carne y sangre humanas cada vez que la luna llena cruza el cielo de las terroríficas películas de la Universal, puesto que la primera aparición de Larry Talbot (Lon Chaney jr.) como el Hombre Lobo ocurrió en 1941 cuando la licantropía obtuvo carta de ciudadanía en el universo cinematográfico del terror.

La maldición obliga a Larry a sufrir transformaciones: las manos y los pies se convierten en pezuñas; su cuerpo se eriza y se cubre de una pelambre espesa mientras el rostro adquiere los rasgos de animal salvaje: largos colmillos y ojos inyectados de sangre y de su garganta brota un terrorífico estertor que se transforma en aullido de agonía. Pero aclaré que no podíamos culpar a Larry Talbot de las dentelladas con las que descuartizaba a sus víctimas porque ¡él era la víctima mayor!

Jenny, una amiga de Gwen, la novia de Talbot, es atacada por un lobo y en un intento por salvarla Larry es mordido por la bestia y se contagia de la maldición que arrastrará en vida cuando la luna llena lo convierta en ese ser abyecto capaz, sin embargo, de sentir remordimientos al recuperar su condición humana. Es lo que puede ocurrirnos a todos, explicó la propia Gwen Conliffe, protagonista del film: “¡Incluso un hombre que reza sus plegarias puede convertirse en lobo!”. Gwen sabía lo que estaba diciendo, porque yo mismo llevo medio siglo ¡viviendo con un lobo! Pero en el momento en que mencioné a Talbot surgió de pronto ante nosotros algo parecido al Hombre Lobo porque fue una figura hirsuta, aterradora, lunática y semidesnuda en sus andrajos la que apareció en la esquina y la vimos pasar en silencio por la acera de enfrente con un caminar lento y alucinado. Era el muchacho indigente que, apremiado por el poderoso hechizo de la luna que tanto atormentó a Larry Talbot, debió sentir algún oculto e indescifrable llamado que le hizo abandonar la vida ausente, el rincón de la intemperie y los cartones de los que nunca se separaba para aventurarse por otras calles sin marcar rumbo; arrastrando un destino tan trágico como el de Larry Talbot cuando la luz de la luna despertaba a la fiera que dormía en él, pero que también nosotros llevamos por dentro.