• Caracas (Venezuela)

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Nelson Rivera

Libros: Jorge Carrión

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Al primer vistazo, una mesa exquisitamente dispuesta. Una vez sentado ante ella, las sorpresas y los pequeños regocijos se suceden con naturalidad, en fluida secuencia. Cambian, se deslizan, inquietan y seducen los sabores, las texturas, los materiales, los colores y los modos de presentar. Se potencian y estimulan unos a otros. Todo transcurre bajo el aliento de un espíritu cultivado y sensitivo. Quiero decir: el autor es aquí un anfitrión. Alguien que ofrece una experiencia gratificante y peculiar. Me produjo esta sensación: la de haber sido tratado como a un comensal. Como si me hubiesen invitado a una cena inolvidable, donde los buenos oficios del autor han hecho posible una conversación, también inolvidable.

Más que el libro de estudioso de la literatura (que lo es); de un cronista de fuste (que lo es); de un viajero sin final (que lo es); de un narrador profundamente estructurado (que lo es); de un curioso sin límites (que lo es) siempre a punto de extenderse de una librería a la siguiente, Librerías es el despliegue de un cosmopolita, el ensayo de una mente de grandes horizontes. Carrión hace referencia a una visión de Goethe, la prospección de que los bienes culturales en la Modernidad, operarían en “mercados paralelos”, el de la circulación simbólica y el de la circulación económica. Pero su ensayo no se agota en la exploración de estas dos “economías”. Sobrepasa ese marco y nos conduce a otro terreno más fértil, al de la librería como lugar de lo humano, como punto de confluencia de experiencias y bienes que desbordan al libro y a lo literario.

Las Librerías (finalista del Premio Anagrama de Ensayo, publicado en España este 2013) tienen algo de reinvención: son, en la articulación de Carrión, lo que irradian y lo que atraen hacia sí, en un inmenso arco, que bien puede ir desde las viejas librerías hasta el debate sin conclusiones sobre el fin del libro de papel (que anunciaría el trastorno de las librerías tal como las conocemos), o del libro-librería como depositarios de la memoria hasta las visitas a algunas de las más emblemáticas librerías del planeta. Y es aquí donde vuelvo a invocar las que me parecen las secretas correspondencias entre esta especie de tratado cultural de la librería con el que podría ser un posible tratado del restaurante como experiencia de la cultura, es decir, lo que el restaurante emana y lo que el restaurante incita.

Y es que su precioso libro pasa por mesones, autores, peñas reunidas en míticas librerías y también por las figuras mitificadas de libreros-propietarios; pasa por las pequeñas librerías de culto y por las que se conocen como “grandes superficies”; por aquellas que se aferran a vetustas estanterías de madera y aquellas que salen de sus límites y adquieren la forma de un café.