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Nelson Rivera

Libros: Lawrence Durrell (I)

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Le doy vueltas y más vueltas a esta pregunta simplona: qué clase de amor puede sentir un hombre por un lugar, para que en la primera línea de La celda de Próspero. Una guía del paisaje y las costumbres de la isla de Corfú, escriba esta frase: “En algún sitio entre Calabria y Corfú comienza realmente el azul”. 

La frase, por sí misma, constituye un pronóstico, incluso para quien no ha leído nunca a Durrell (1912-1990): habla de una sensibilidad rendida ante la belleza de una pequeña isla ubicada en el mar Jónico; habla de un escritor dotado de una exquisita habilidad para expresarse; y, así no haya mediado ninguna otra advertencia, nos indica que lo que continuará después de esta primera frase será un relato amoroso, la vocación de un autor por nombrar la belleza.

El hechizo de Durrell por Corfú (también llamada Corcira) contagia: una sensación de gratitud va y viene entre la voz que narra y las cosas que le rodean, entre la morosidad de la prosa y el relajamiento que impone a quien lee. Un estado de calma, un tiempo que abre sus aguas a la observación: para que todo pueda ser visto, escuchado, percibido, penetrado por la sensibilidad: como si la textura de cada cosa del mundo se entregara, dispusiera sus secretos ante quien se aproxima con el ánimo poroso. El mundo se desviste al observador que se ha despojado a sí mismo.

Como cuando uno escucha el silencio de la madrugada: así Durrell se compenetra con cuanto le rodea. Tras lo que se ve, los gestos, el rumor, el latido de lo invisible o lo apenas visible. Como si se tratase de una vigilia sin amenazas. Como si bajo cierto encantamiento al enamorado le fuese autorizado ver debajo o dentro de las cosas. O remontarse a un pasado desconocido. O proyectarse hacia el ascenso y declive de las cosas: el sol que asciende y desciende sobre cada punto de nuestras vidas, que anuncia lo que pervive y lo que hemos perdido (hay algo doloroso en estas páginas, un efecto melancólico: ellas contrastan con la negación de la sensibilidad, con el embrutecimiento que nos impone la polarización).

“Todo el Mediterráneo (las esculturas, las palmeras, las cuentas de oro, los héroes con barba, el vino, las ideas, los barcos, la luz de la luna, las gorgonas aladas, los hombres de bronce, los filósofos) parecen surgir del sabor agrio y picante de estas aceitunas entre los dientes. Un sabor más viejo que la carne, más viejo que el vino. Un sabor tan viejo como el agua fría”.

Seguiré la próxima semana. Por lo pronto debo decir que este cautivador La celda de Próspero forma parte de Trilogía mediterránea, que incluye Reflexiones sobre una Venus marina (dedicada a Rodas) y Limones amargos (a Chipre). La edición: un precioso y voluminoso objeto editado por Edhasa, en España, en el año 2012.