• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Antonio López Ortega

Juicios y prejuicios

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En solo dos semanas dolorosas y trágicas, Venezuela ha recuperado una visibilidad que todos le negaban. La abrumadora campaña que el régimen había erigido durante tres lustros para exponer una vitrina de “suma felicidad” se ha deshecho en pocos días: ya nadie duda del carácter represor del gobierno y de sus tentáculos parapoliciales. Estamos en el centro del debate, bajo todos los focos noticiosos, y hasta analistas como el francés Daniel Cohn-Bendit asegura que, después de Ucrania, hay que poner el ojo en Venezuela, como lo acaba de poner The New York Times, dedicándonos una primera página. Artistas, escritores, analistas y hasta gobernantes se expresan sobre Venezuela como si cualquier omisión pesara más que las afirmaciones, y hasta hemos entrado en una fase en la que la mudez o la indiferencia reciben muy claras y altisonantes condenas públicas.

No creo que venga al caso preguntarse por qué el silencio de pronto se ha convertido en vocinglería, porque razones había, y de sobra, para referirse a este desdichado país, o mejor, para saber que tras bambalinas aquí se montaba un experimento muy opuesto a las convenciones democráticas modernas, pero en todo caso aprovechemos los vientos favorables para acoger ese interés y también para dar las gracias. De los muchos artículos que se publican de firmas muy respetables, haríamos bien en separar los juicios de los prejuicios, porque en muchos autores se siente un conocimiento cabal de la situación, pero en otros los modales se asemejan a los de un cortés visitante, que va de pasada sin mucha idea de la historia o de la cultura a la que hace referencia. Tomemos el caso de la escritora española Rosa Montero, muy apreciada y leída en Venezuela, quien en su columna “Sin paraísos” (El País, 25 de febrero) se refiere a nuestros avatares. Dice Montero: “Venezuela ha ganado una fortuna con el petróleo, pero esa riqueza no repercutió en la gente. En la década de los ochenta, tras años de especial bonanza petrolera, los índices de pobreza ascendieron hasta devorar a 80% de la población. O sea que la oligarquía actuó de un modo miserable”.

No es desacertado hablar de bonanza petrolera ni de 80% de pobreza: son, de hecho, verdades que nos desvelan. Pero sí es el término “oligarquía” (finalmente, gobierno de pocos) el que habría que desentrañar. ¿A qué oligarquía se refiere Montero? Y es aquí donde conviene refrescarle a nuestra autora algunas lecciones económicas que tomo del maestro Asdrúbal Baptista. El capital público de un país (pongamos por caso España) nunca supera 30% de sus economías, pero en el caso de Venezuela, país petrolero al fin, sí lo supera, llegando a niveles de 70% en las últimas décadas. En otras palabras, las dos terceras partes de la economía venezolana están condicionadas por el Estado y no por los particulares. Queda claro entonces que el único oligarca de Venezuela, el de ayer y el de hoy, es el Estado, nuestro manirroto Estado, que a veces preso de su prepotencia sin límites o en connivencia con los grupos empresariales parasitarios que cada gobierno engorda, ha esculpido con cincel fino buena parte de nuestras desgracias. En la mejor tradición rentista que nos ha caracterizado, porque a los males de siempre el chavismo ha agregado la destrucción del aparato productivo nacional, cuando no de la propia Pdvsa, estamos llegando hasta el límite de quemar (literalmente) nuestras propias reservas en oro. El gobierno de pocos (y en estos últimos tiempos, el gobierno de uno) ha sido nuestro verdadero infortunio.