• Caracas (Venezuela)

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Alicia Freilich

De Juan Bimba a Juan bomba

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El pueblo venezolano, por tanto tiempo víctima de montoneras, caudillos y dictaduras, fue representado durante treinta años del siglo pasado en un personaje gráfico muy escueto y lineal, predilecto de los más talentosos humoristas bajo espionaje gobiernero. Siempre caminante, en alpargatas o descalzo, con franela o semidesnudo, sombrerito de cogollo, canilla de pan bajo la axila. Sobrevivió las censuras gomecista y perezjimenista y luego fue símbolo del partido Acción Democrática que de ese modo simbolizaba la nueva ruta hacia un futuro democrático hasta que su imagen desapareció en el año 56 con el final de páginas y semanarios dedicados a la crítica mediante el humorismo en letra y dibujo. Pero en el alma colectiva Juan Bimba quedó en siembra y pasó a ser sinónimo de pueblo llano, pobre pero honrado, en diaria marcha esperanzada hacia un futuro de digna libertad. Por eso mismo, Andrés Eloy Blanco inventó el título La juanbimbada para su antología de poemas inéditos y publicados cuya temática común fue la situación social del venezolano humilde y despojado de sus derechos elementales. Conmovedor libro inconcluso y póstumo editado por sus amigos en 1960.

El venezolano, dueño y señor de muchas cualidades y defectos, prefiere ser astuto Tío Conejo y no agresivo Tío Tigre, rebelde y evasivo para cumplir leyes y reglamentos siempre encuentra la vía más corta de pícaro aprovechador, en fin, lo detallado y muy bien analizado por Axel Capriles en sus investigaciones psicosociales, pero, salvo contadas excepciones que confirman la regla, no es de naturaleza destructiva ni criminal. Por el contrario, se caracteriza por su inmediata respuesta solidaria frente a cualquier víctima por dolor, persecución y riesgo. Entre sus palabras preferidas figuraban “pobrecito”, “mano”, “pana burda”, “ñero”, “mi negro”, “valecito”, “musiù”.

Pero el fascio rojo del sovietismo, vía Cuba, penetró la fibra suave, dulzona de  ese bolerista constante que lloraba por amor y despecho en serenata continua y sucumbió ante el populismo militarizado que lo calza con botas, lo  viste con armadura, motos, máscaras, casco, uniforme muy  oscuro de brillo metálico, armamento sofisticado del necesario en guerras de alto calibre, vestimenta al estilo del rígido Robocop cuya pistola láser mide metros, se dispara con dispositivos electrónicos que explotan balas como bombas teledirigidas hacia un blanco preciso y, lo más importante, imitando al original robot yanqui de los años setenta, es un policía muerto cuyo cerebro vaciado se reprograma para obedecer y no pensar. A diferencia de ese protagonista fílmico estadounidense destinado a eliminar al enemigo anticapitalista de otros países o planetas y proteger al inocente o desvalido, en Venezuela es el joven y el adulto, hijos de la calle, con padre irregular o desconocido, en su mayoría sin escuela ni liceo civilistas a quienes la revolución siglo XXI les ofrece un mar de felicidades. Ese paraíso exige tres requisitos; ignorancia, resentimiento y sumisión plena. Sus huestes, en jerga criolla, se llaman generalato trisoleado, milicianos, colectivos, y pranes, todos pesuvecos inscritos o enchufados. Sus entrenadores son comandos del imperialismo castrocomunista expertos en disparar a sus paisanos civiles disidentes. Son el soporte principal de este régimen. Su columna vertebral para infundir miedo. Es el aporte del chavismo a la historia patria: un Estado policial terrorista.

¿Esperar a la insulsa OEA, por otra elección fraudulenta, otros 70 años como los rusos o 55 como los esclavos cubanos? ¿Dialogar con un régimen ilegítimo y cruel, que durante 15 años cría cuervos a sueldo, los gradúa de asesinos prepotentes para eliminar sin escrúpulos a una porción de su propio pueblo?