• Caracas (Venezuela)

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José Ignacio Calderón

2016

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No me gusta la gente de mi generación que dice que nació en la época equivocada. Generalmente lo dicen, además, por frivolidades: porque no pueden ver a los Beatles en vivo, porque la música de hoy es horrible, porque antes la moda era mejor…

Esa frase se la reservo a la gente mayor que yo. La gente que añora los baños segregados gringos, el sexismo latente en las oficinas, a la comunidad lgbtq enclosetada y enterrada diez metros bajo tierra, en las múltiples guerras que hubo a lo largo del siglo XX. La generación que en países donde la población no se está reproduciendo sigue teniendo importantísimo peso en la política nacional.

La gente que, por ejemplo, acá dice que “con AD se vivía mejor”. Y no, señores, no soy chavista, pero la corrupción y el crimen, o esa frase tan peruana que he escuchado varias veces, el “roba pero hace obra” no es ninguna justificación. Son esas ideas de buscar el ayer lo que han hecho de este 2016 un año francamente horrible para la política mundial, un año oscuro y desgraciado. Un año que puede terminar muy mal.

Comenzando por el brexit, que sacó a Gran Bretaña de la Unión Europea –organización, por lo demás, cuestionable al límite con sus recortes insostenibles y trato infrahumano a los refugiados de Medio Oriente– para encerrarse a sí misma en un escudo de demagogia y nativismo racista. No es un triunfo contra el gran capital, como los marxistas tratan de decir para convencerse a sí mismos; el trofeo fue a parar a las manos del racismo, la xenofobia y el horror europeo que tragó al mundo en una guerra en 1939: el fascismo.

Y es que 2016 está acechado fuertemente por el fantasma del fascismo. No es la típica palabra gobiernera para designar a socialdemócratas como Primero Justicia de fascistas. Hablo de fascismo real. De nativismo, ensimismamiento, crecimiento militar, xenofobia rampante y corporativismo de Estado. Real y duro fascismo es lo que los europeos quieren luego de 75 años de pax (porque de nuevo, gracias a la Unión Europea, hubo dos guerras: las balcánicas y ahora la civil en Ucrania).

La cuna de Occidente, de Lord Byron y de Beethoven es también la cuna de Nigel Farage y Marine Le Pen. Es el nacimiento del odio a lo diferente, del odio al progreso, del odio a los derechos y el odio a la ciudadanía. Es el añorar esas épocas de uniformes militares y gobiernos verticales. De órdenes sin chistar y guerras sin fin. Porque, al parecer, como nosotros los latinoamericanos, Europa no aprende.

El progresismo es un mito para los anarcoprimivitistas. Para ellos, el consumo exacerbado solo puede llevar a la destrucción. También las urbes. Es una desrealización del hombre. Un espejo de nuestra verdadera naturaleza.

No podremos ver a los Beatles en vivo amigos, pero veremos la lenta y constante destrucción de un mundo que heredaremos, y veremos entonces qué hacer. Solo falta Trump, y estaremos en plenos cuarenta: cuando Bobby Darin cantaba Somewhere beyond the sea / she’s there waiting for me.

Pero nosotros no estaremos más allá del océano. Estaremos más allá del desastre.