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Antonio Sánchez García

Jorge Giordani y el fin del proceso

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Han caído las últimas máscaras, ante un país anonadado y una oposición que no muestra visos de capacidad de reacción, entrampada en la inercia del delirio. La huida del ideólogo de la mascarada no es como para alegrarse. Presagia honduras peores.

Que Dios se ampare de Venezuela.

 

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La sorpresa ha sido mayúscula, por lo menos para quienes, lejos de los tejemanejes del régimen, solo se enteran de sus interioridades por lo que logra romper de suyo el cerco de las intimidades miraflorinas y trasciende a la opinión pública por el escándalo que acarrea. En este caso, llevado a la arena por la evidente decisión del protagonista principal por poner las cosas en su sitio, liberarse de toda responsabilidad en el siniestro curso que comienzan a tomar los acontecimientos y distanciarse en forma drástica e irreversible del rumbo que le ha impreso al llamado proceso su aparente deus ex machina, Nicolás Maduro. Todo lo cual mediante una carta dirigida a la opinión pública. En términos tan minuciosos e inequívocos que más que una carta abierta se está ante un testamento de significado histórico. ¿Cuál es el difunto que amerita sacralidad tan solemne y confesiones tan crudas? Nada más y nada menos que el proceso revolucionario mismo. Necesaria consecuencia, así se deja ver negro sobre blanco en la declaración jurada de Jorge Giordani, de la desaparición física de su principal gestor, espíritu y conductor, Hugo Chávez Frías. Y la deriva abiertamente mafiosa y conspirativa tomada por el gobierno de Maduro. ¿Se imagina a Goebbels dejando en la estacada a Göring?

La carta abierta narra el contubernio político que el economista de origen dominicano y convertido en amanuense de las teorías económicas y sociológicas marxistas, aprendidas y ejercitadas en la UCV –otrora teatro operativo central de las guerrillas, y luego de la llamada pacificación de Caldera laboratorio de gestación, parto y preparación de los principales cuadros técnicos, político-operativos y terreno de acción para las guerrillas urbanas que, dirigidas por el joven estudiante de Sociología y hoy canciller de la república Elías Jaua, acompañado por fichas claves de la futura revolución, como Jorge Rodríguez hijo y muchos más, le prepararan las condiciones sociales para el asalto al poder–  estableciera con el teniente coronel golpista Hugo Chávez desde los primeros tiempos de su estadía en la cárcel de Yare. Así lo confiesa no sin un dejo de orgullo y honra por pertenecer a la primera hornada, la de la aristocracia golpista. Y a quien, consciente del papel histórico que parecía predestinado a jugar como agente del castrocomunismo, tanto en Venezuela como en América Latina, sirviera de cercano e indispensable asesor intelectual y consejero ideológico. Prueba irrecusable de que, por lo menos desde esa fecha y antes de su bautismal encuentro en 1995 con Fiel Castro en La Habana, ya Hugo Chávez pretendía implementar un proyecto marxista en Venezuela. Para lo cual el concurso del doctor Giordani le vino como piedra en ojo de boticario.

Desde ese punto de vista, la carta en cuestión constituye un documento de indudable valor histórico. Reseña la bitácora de una gigantomaquia: el esfuerzo empeñado por Chávez y los comandantes golpistas que lo acompañaban por imponer en Venezuela y el mundo –la megalomanía no tenía límites por entonces– lo que luego otro corifeo ideológico importado, el académico marxista de origen germano mexicano Hans Dietrich Steffan, bautizaría como “socialismo del siglo XXI”. Una jerigonza comunistoide que adobada con las tres raíces bolivarianas y una gotas del linimento justicialista del doctor Norberto Ceresole daría por resultado un soberbio éxito político –el asalto al poder mediante un deslave electoral y la entronización del teniente coronel y su troupe– y un colosal desastre económico-social sin precedentes en la historia de América Latina, saldado con su muerte y la devastación hasta sus cimientos de una de las naciones más ricas del planeta y primer reservorio petrolífero de Occidente.

 

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El significado histórico de la carta no reside en la supuesta verdad que enuncia, sino en la falsa verdad que ostenta: las torpes falacias, autoengaños y falsificaciones de heterodoxia económica, política y religiosa que encierra. Vale decir: documenta la indigencia intelectual, la incultura científica y moral y los miserables propósitos que estuvieron en el trasfondo de los 14 años más desastrosos vividos por la Venezuela del siglo XXI. Y lo que es asombroso: a vista y paciencia de una mayoría nacional y hasta la admiración del progresismo mundial, incluido fichas cooptadas en Hollywood. Y hasta el establecimiento político y empresarial norteamericano e incluso la CIA, según señalamientos del periodista del Miami Herald Casto Ocando. Sostenidos en la insólita capacidad comunicativa, mimética y seductora de un trastornado frente a las clases sociales moral e intelectualmente más depauperadas del país y el desahuciado mesianismo que trufaba el engañoso mensaje que emitía. Ante el que cayeran rendidos desde Sean Penn y Danny Glober hasta el embajador John Maisto. Y que amén de un reparto indiscriminado de una gigantesca masa monetaria recaudada por las exportaciones petroleras en la era de los más altos precios de su historia, la conversión de la economía venezolana en una economía de puertos, la devastación de la cultura material heredada de cinco siglos de esfuerzos y el envilecimiento espiritual más sistemático y acucioso de los sectores populares registrado en nuestra historia sesquicentenaria, no deja, a la postre, más que una crisis material y existencial de proporciones ciclópeas, un país a la deriva, un pueblo nuevamente desengañado que tras 14 años de ilusiones se ve con las manos vacías y una pérdida de identidad y autoestima que costará decenios reparar. Nadie se deja estafar gustosamente a cambio de unas migajas sin despertar desquiciado por la estafa misma. Que la crisis pone de manifiesto y pronto le reventará en el rostro a los acaudillados del siglo XXI. En eso, y solo en eso tiene razón nuestro germano vendedor de ilusiones: cuando la crisis golpee los estómagos no habrá estampita, rezo ni consigna que pueda controlar la barbarie. Bárbaro fuiste y en bárbaro te convertirás.

En 2002, absolutamente convencido de la catástrofe a la que la estulticia nacional nos empujaba, describí lo que llamé la encrucijada que Venezuela enfrentaba –dictadura o democracia– citando entre los epígrafes a dos autores del siglo XIX que dieron razón de todo el comentario que nuestras revoluciones ameritan, y de las que la chavista no fue ni mucho menos excepción a la regla: “Las convulsiones intestinas han dado sacrificios, pero no mejoras; lágrimas, pero no cosechas. Han sido siempre un extravío para volver al mismo punto, con un desengaño de más, con un tesoro de menos”. Lo escribió en 1856 Cecilio Acosta en un pequeño manual de urbanidad política llamado Cosas sabidas y cosas por saberse, que nadie quiso o pudo saber, pues cada cuarenta o cincuenta años volvíamos por las viejas andanzas montoneras. Como para que en 1893, Luis Level de Goda escribiese en su Historia Contemporánea de Venezuela que “las revoluciones no han producido en Venezuela sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción, y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos”. ¿No es un fiel espejo de lo que volvió a ocurrir a más de un siglo de distancia? Bien dice el refrán: la cabra al monte tira.

 

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¿Qué han buscado en Venezuela marxistas leninistas como Jorge Giordani o Hans Dietrich que no fuera el caudillaje más vulgar, un gobierno estrictamente personal y caciquero, corrupción galopante y la degradación de millones y millones de venezolanos convertidos en parásitos dependientes de las ubres de la sagrada vaca petrolera? Nada, absolutamente nada nuevo bajo el sol. Ensimismados en sus divagaciones teóricas no tenían por qué darse cuenta de las viejas verdades, sabidas o por saberse. Pero exactamente como en las historias de cornudos: los últimos en enterarse han sido ellos. Después de más de 20 años de fanática entrega al más devastador y desquiciado proyecto político, ambos discípulos de Carlos Marx se retiran del combate. No soportan el hedor de los cadáveres.

Lo verdaderamente importante a resaltar no son los monstruosos errores cometidos por ambos al respaldar un despropósito telúrico sostenido exclusivamente por la estulticia nacional y 3 trillones de dólares, que a creerle a los encuestadores todavía sigue trastornando a 40% de la población electoral venezolana, sino la flagrante orfandad ideológica en que quedan los restos del naufragio y las pompas fúnebres que unos pobres desarrapados todavía toman por un gobierno de tomo y lomo. Muerto Chávez e idos quienes le facilitaran la coartada marxista leninista del llamado “proceso” no quedan más que los últimos perros de la corte, lamiendo los huesos y devorándose unos a otros por los restos. Todo lo cual digno de un cuadro de la imaginería medieval, un retablo del apocalipsis de Brueghel o la imagen de los infiernos de un Hieronymus Bosch. 

Nada de lo que se ha descrito exagera los contornos de la devastación y el desastre que hemos venido sufriendo paciente, estoicamente. Como lo hubiera dicho Cecilio Acosta, es sabido y apenas queda algo nuevo por saberse. En su trasfondo, lo que otro gran pensador venezolano escribiera medio siglo después, en 1950 en un opúsculo de un contenido tan dramático y desesperanzador como su título: Mensaje sin destino: Venezuela, después de dos siglos de república –no diremos de Independencia, que hace 14 años la perdiéramos en hombros de la traición a nuestra soberanía por parte de las fuerzas armadas– sigue empantanada en una crisis de pueblo, en una crisis de nación, en una crisis de república.

Han caído las últimas máscaras, ante un país anonadado y una oposición que no muestra visos de capacidad de reacción, entrampada en la inercia del delirio. La huida del ideólogo de la mascarada no es como para alegrarse. Presagia honduras peores.

Que Dios se ampare de Venezuela.

 

@sangarccs